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Novela. Generación del 98. 1911.

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA. Pío Baroja.

Miércoles 8 de abril de 2015

ACERCA DE PÍO BAROJA

VIDA Y PERSONALIDAD DE PÍO BAROJA

VIDA. Nació en San Sebastián en 1872. En Madrid estudió Medicina y se doctoró con una tesis sobre El dolor (preocupación significativa), pero ejerció poco tiempo como médico, en Cestona. Vuelve a Madrid para regentar la panadería de una tía suya, pero sus contactos con escritores (Azorín, Maeztu, etcétera) le llevan a entregarse de lleno a su vocación literaria. En este tiempo juvenil se puede apreciar en sus opiniones una simpatía por el anarquismo, pero simpatía puramente espiritual, exenta de compromisos militantes. Tras una serie de colaboraciones en diarios y revistas, publica sus primeros libros en 1900.

• Sigue una etapa de intensa labor (aparte de varios viajes por España, Francia, Inglaterra, Italia). Hasta 1911, fecha de El árbol de la ciencia, publica —además de cuentos, artículos y ensayos— diecisiete novelas que constituyen lo más importante de su producción (véanse más adelante títulos y fechas de sus obras).

• Su fama se ha consolidado. Su vida, consagrada a escribir sin descanso, será cada vez más sedentaria. En 1935, ingresa en la Real Academia de la Lengua. La guerra civil le sorprenderá en el País Vasco, desde donde pasa a Francia, atemorizado por un incidente con los carlistas. En 1940 se instala de nuevo en Madrid y recupera su vida sosegada, su quehacer cotidiano. Pero su capacidad creadora va agotándose. Murió en 1956.

PERSONALIDAD. Fue Baroja un hombre de talante solitario y amargado. Él mismo (en Juventud, egolatría) se incluye entre quienes están, en cierto modo, «enfermos» por tener más sensibilidad de la necesaria. Esta mezcla de enfermedad y sensibilidad extrema la explica él mismo refiriéndose a su timidez y su espíritu de independencia, más aún que a su misoginia, los cuales le hicieron rechazar el matrimonio, a la vez que fustigaba el recurso a la prostitución; optó por una auto-represión a la que atribuye él mismo un «desequilibrio» y un talante de «hombre rabioso».

• Ello explica, en buena parte, su pesimismo sobre el hombre y el mundo (que enseguida veremos). Y sin embargo, Baroja es también capaz de sentir una inmensa ternura por los seres desvalidos o marginados. Así se observa continuamente en su obra. En cierta ocasión, confesó que no haría feliz al mundo, si para ello tuviera que hacer llorar a un niño. Los dos defectos mayores que él encuentra en el ser humano son la crueldad humana y la estupidez.

• Esto y su absoluta sinceridad completan los rasgos fundamentales de su temperamento. Baroja no quiere engañar ni engañarse (ya hemos visto cómo habla de sí mismo). Tal fue el código moral que aplicó hasta la exasperación; de ahí la fama de hosco y de individualista intratable que tuvo entre quienes no supieron ver el fondo desolado de su alma.

• Finalmente, aunque su esperanza en una sociedad mejor fuese cada día más pequeña, sintió siempre —él, tan pacífico— una gran añoranza de acción. A la vida aburguesada y gris, opuso la improvisación y la energía: «No veo por qué el ideal de vida haya de llegar a una existencia mecanizada y organizada como una oficina de comercio.» En muchos de sus personajes proyectaría Baroja un ideal de «hombre de acción» que a él le hubiera gustado ser y que tanto contrasta con lo que fue su vida.

IDEOLOGÍA Y PESIMISMO EXISTENCIAL

Su concepción de la vida es inseparable de su temperamento. De sus páginas se desprenden incesantemente unas ideas sobre el hombre y el mundo que se inscriben a la perfección en la línea del pesimismo existencial.

• Profundamente descreído y anticlerical (él mismo dijo que padecía "dogmatofagia"), el escepticismo preside todas sus ideas: «No existe —dijo— verdad política y social. La misma verdad científica, matemática, está en entredicho, y si la Geometría puede tambalearse sobre las bases sólidas de Euclides, ¿qué no les podrá pasar a los dogmas éticos de la sociedad?»

• Para Baroja, el mundo carece de sentido. La vida le resulta absurda y no alberga ninguna confianza en el hombre, tal y como podemos recoger en diversas citas de sus obras:

— «La vida es esto: crueldad, ingratitud, inconsciencia, desdén de la fuerza para con la debilidad.» (El mundo es ansí.)
— «Por instinto y por experiencia, creo que el hombre es un animal dañino, envidioso, cruel, pérfido, lleno de malas pasiones, sobre todo de egoísmos y vanidades.» (Memorias.)

Ideas como éstas explican el hastio vital de muchos de sus personajes. Paradox siente «el cansancio eterno de la eterna imbecilidad de vivir». Y semejante desazón existencial se apoderará, como veremos, del protagonista de El árbol de la ciencia.

La raíz de esta concepción puede encontrarse en Schopenhauer, el filósofo más leído y admirado por Baroja. Un crítico alemán, H. Demuth, precisó tal afinidad de ideas: Schopenhauer definía la vida como «una cosa oscura y ciega, potente y vigorosa, sin justicia, sin fin; una fuerza movida por una corriente x —la voluntad—. En vano se buscará un sentido a la vida: ciega, insensata, cruel es la vida...». Nos parece estar oyendo al mismo Baroja. (En efecto, estas palabras se citan casi textualmente en El árbol de la ciencia, IV, 2.)

• Su ideología política está marcada por el mismo escepticismo. Ya hemos aludido a sus contactos juveniles con el anarquismo. Todavía en 1917 (Juventud, egolatría) afirmaba: «Yo he sido siempre un liberal radical, individualista y anarquista.»

Pero, en realidad, del anarquismo sólo le atrajo la rebeldía, el impulso demoledor de la sociedad establecida y de los convencionalismos. Más adelante, en sus Memorias, aclararía: «Un anarquista teórico es un iluso, un ferviente del optimismo, y yo no tengo nada de iluso ni de optimista.» Por otra parte, abominó del comunismo y del socialismo; pero también de la democracia, que le parecía «el absolutismo del número». Su escepticismo explica que llegara a proclamarse partidario de «una dictadura inteligente».

En medio de ideas tan contradictorias, acaso la definición que más le convenga sea aquella de «liberal radical» («Nada de dogma político», dijo). En última instancia, volvemos a su individualismo y a su nula confianza en un mundo mejor. De su sedicente anarquismo sólo queda la postura iconoclasta. De ahí que sus personajes preferidos sean todos inconformistas del más diverso signo: así, el ya citado hombre de acción, que se alza contra la sociedad, aunque rara vez con éxito; pero también el abúlico, cuyo impulso vital ha quedado paralizado por la falta de fe en el mundo. Tal es la doble cara del héroe barojiano.

SU CONCEPCIÓN DE LA NOVELA

Aunque confesó su escaso interés por las teorías estéticas, Baroja dedicó muchas páginas —especialmente en sus Memorias— a hablar de su labor. Veamos lo esencial de su concepción novelística.

• Ante todo, la novela es para él «un género multiforme, proteico»; «lo abarca todo: el libro filosófico, el psicológico, la aventura, la utopía, lo épico...». Estamos, pues, ante la típica novela abierta o, como él decía, «permeable».

• Consecuencia de ello es su declarada despreocupación por la composición. Estaba en contra de los novelistas que parten de «un argumento cerrado y definitivo». He aquí unas declaraciones muy significativas: «Esta tendencia mía de no apreciar gran cosa la composición me ha hecho descuidarla un tanto en mis libros [...]. A mí, en general, es un tipo o un lugar lo que me sugiere la obra. Veo un personaje extraño que me sorprende, un pueblo, una casa, y siento el deseo de hablar de ellos. Yo escribo mis libros sin plan [...]. Yo necesito escribir entreteniéndome en el detalle, como el que va por un camino distraído, mirando este árbol, aquel arroyo y sin pensar demasiado adonde va.» (Memorias.)

Sus novelas presentan «una marcha disgregada» que «permite muchos cambios». Llegó a afirmar que «una novela es posible sin argumento». Lo que le importa son los episodios, las anécdotas, las digresiones... Tampoco le preocupa la unidad, más propia —pensaba— de la obra teatral o del cuento. «Una novela larga —dice— será siempre una sucesión de novelas cortas.»

• En cambio, la invención, la imaginación disponible, eran para él las cualidades supremas de novelista. Y junto a ello, la observación. Como decía un crítico de su tiempo (Andrenio), sus novelas dan «la sensación de lo visto, de lo vivido, contado rápidamente con rasgos expresivos y seguros, como narra un testigo presencial».

• Confiesa, en fin, Baroja que sus obras «no quieren probar una tesis». Es cierto, pero eso no significa que de ellas no se desprenda una concepción de la vida. Incluso es frecuente que se intercalen en la acción disquisiciones en las que se barajan ideas de índole variadísima, pero siempre insertas en la experiencia vital de un personaje.

• Lo dicho hasta aquí adquirirá, no obstante, su exacto sentido si se matiza con una opinión de Galdós que nuestro autor recoge en sus Memorias. Al indicarle Baroja que escribía «sin técnica ninguna », Galdós le respondió: «Yo le probaría a usted con algunos de sus últimos libros en la mano [y alude a El árbol...] que hay en ellos no sólo técnica, sino mucha técnica.» Baroja comenta: «De entonces acá, he pensado en la técnica de la novela y he visto que, en gran parte, Galdós tenía razón.» Y reconoce que hay «una ciencia de novelista, quizá intuitiva, muy perfecta y muy sabia».

• En definitiva, lo que Baroja llama «falta de composición» o «desorganización» no son sino formas particulares de componer y de organizar la materia novelística. Lo que sí queda claro de todo ello es la novedad que su manera de contar suponía en relación con la estructuración del relato en la novelística inmediatamente anterior.

EL ESTILO

Ha sido frecuente afirmar que Baroja «escribe mal». Y frente a ello, el pulcro Azorín dijo que el de Baroja era «un gran estilo». Por una parte, en efecto, son evidentes sus incorrecciones gramaticales, que él mismo atribuía a su origen: su español —como él reconocía— es el de un vasco y no el de un castellano casticista.

• Pero, por otra parte, su estilo es perfectamente coherente con su ideal de espontaneidad narrativa. Baroja lleva al extremo la tendencia antirretórica de los noventayochistas. O, mejor, afirma su voluntad de hacerse «una retórica de tono menor», hecha de «continencia y economía de gestos», y desprovista de aquellas galas convencionales que le parecían «adornos de cementerio». He aquí una afirmación fundamental: «Para mí, no es el ideal del estilo ni el casticismo, ni el adorno, ni la elocuencia; lo es, en cambio, la claridad, Imprecisión, la rapidez.» (Memorias.)

• El resultado de esa voluntad de estilo es, en efecto, una prosa rápida, nerviosa, vivísima, que bien puede considerarse «un gran estilo». Y su novedad no es menos evidente que la de otros intentos renovadores coetáneos. Él mismo tenía clara conciencia de que en su prosa había «una manera de respirar que no es la tradicional» (la expresión no puede ser más certera).

• Hay, junto a ello, en su estilo un tono «agrio», calificativo que Baroja consideraba exacto. Evidentemente, es lo que corresponde a su temperamento amargado. Y se manifiesta especialmente en expresiones contundentes como zarpazo —a menudo feroces— que propina sin cesar. Pero no se olvide, como contrapunto, la inesperada aparición de una pudorosa ternura que nos deparan sus páginas.

• Aspectos concretos de su orientación estilística son sus preferencias por la frase corta y el párrafo breve. Madariaga señalaba que muchas páginas de Baroja son «ristras de hechos apuntados en frases cortas que caen... como paquetes descargados». En cuanto al párrafo breve, el mismo Baroja afirma: «Para mí era la forma más natural de expresión, por ser partidario de la visión directa, analítica e impresionista [...]. El párrafo corto da la impresión del golpeteo del telégrafo de Morse.»

• Todo lo dicho explica, sin duda, la viveza y amenidad del relato. Y asimismo, el especial relieve de sus descripciones: en general, son pinturas rápidas, hechas de pinceladas escuetas que, con unos detalles significativos, nos producen una intensa impresión de realidad. Bien puede hablarse —como hacía Baroja— de técnica «impresionista», muy distinta de la que se observa en las prolijas descripciones de los «realistas» decimonónicos.

• Finalmente, la naturalidad barojiana alcanza manifestaciones eminentes en la autenticidad conversacional de los diálogos, en los que el autor se muestra como maestro insuperable. Añadamos que, en ocasiones excepcionales, sus novelas o sus cuentos ofrecen breves evocaciones líricas en una prosa especialmente cuidada y bellísima. Son famosos, por ejemplo, los «elogios sentimentales» del acordeón o de los caballos del tiovivo, en la novela Paradox, rey, testimonios de unas dotes que Baroja prefirió no prodigar.

SU OBRA. LAS NOVELAS

Fue Baroja un escritor fecundísimo. Sólo sus novelas pasan de sesenta, escritas al ritmo de unas dos por año. Treinta y cuatro de ellas se agrupan en trilogías, cuyos títulos indican el rasgo común de las novelas que las componen. Citaremos las más importantes, con brevísimas notas sobre las obras maestras.

Tierra vasca , formada por La casa de Aizgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903) y Zalacaín el aventurero (1909). Su unidad está dada por el ambiente. Zalacaín... es, según Baroja, «la más pulcra y bonita» de sus novelas: cuenta las andanzas de un típico «hombre de acción», personaje inolvidable, en medio de la última guerra carlista.

La vida fantástica : Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino de perfección (1902) y Paradox, rey (1906). A la segunda de estas obras ya hemos hecho alusión; su protagonista, Fernando Ossorio, encarna la angustia existencial y el anhelo de hallar un sentido a la vida; junto a ello, incluye una visión muy noventayochista de las tierras de Castilla. Las otras dos novelas tienen como protagonista al insólito Paradox, simpático, anárquico, al margen de convencionalismos.

La lucha por la vida : La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). La primera es para muchos la obra más intensa del autor; su panorama de los barrios más míseros de Madrid es de un implacable y desolado realismo; su protagonista, Manuel, es una figura conmovedora, zarandeada por la sociedad.

La raza : El árbol de la ciencia, que vamos a estudiar, acompañada por La dama errante (1908) y La ciudad de la niebla (1909).

Las ciudades : César o nada (1910), El mundo es ansí (1912) y La sensualidad pervertida (1920). Destaca la primera, cuyo protagonista —César Moncada— es el hombre enérgico que se enfrenta con el ambiente muerto y degradado de una ciudad provinciana, y terminará vencido.

El mar : Se compone, excepcionalmente, de cuatro novelas: Las inquietudes de Shanti Andía (1911), El laberinto de las sirenas (1923), Los pilotos de altura (1929) y La estrella del capitán Chimista (1930). Es inolvidable la que inicia la serie, por el recio tipo de marino vasco que presenta y por las anécdotas o los personajes que componen un vivísimo ambiente marinero.

• Entre 1913 y 1935, Baroja se consagró preferentemente a desarrollar una serie narrativa más extensa, la titulada Memorias de un hombre de acción. Está integrada por 22 novelas, cuyo protagonista es Eugenio de Aviraneta, dinámico personaje del siglo XIX y antepasado del autor. El aprendiz de conspirador encabeza el ciclo; otros títulos son Con la pluma y con el sable, Los recursos de la astucia, La ruta del aventurero, etc.

OTRAS OBRAS

Baroja escribió, además, numerosos cuentos y novelas cortas (destacan los relatos incluidos en Vidas sombrías, 1900), varios tomos de ensayos, libros de viajes, biografías, e incluso varias obras dialogadas, de las que sólo alguna tiene carácter realmente teatral, de escaso interés. Escaso es también el valor de su único libro de versos, Canciones del suburbio (1944), que sólo citamos por curiosidad.

• En cambio, son apasionantes sus ya citadas Memorias, que llevan por título general Desde la última vuelta del camino. Son siete volúmenes que componen, en realidad, un largo soliloquio en que Baroja, con su característica independencia y su insobornable sinceridad, va acumulando recuerdos, juicios, opiniones estéticas, morales y de toda índole, un poco al hilo de la ocurrencia y con su habitual naturalidad expresiva. El conjunto es de enorme interés como testimonio de la personalidad del autor —entrañable y gruñón— y como panorama de toda una época.

SIGNIFICADO DE SU OBRA

Hay que insistir en que, por su idea de la vida y por la sinceridad con que ésta se refleja en su obra, Baroja es una figura sumamente representativa de la sensibilidad y del ambiente espiritual de su generación, con esa desazón y esos conflictos que los españoles compartieron con los escritores europeos de la misma época.

Por otra parte, Baroja es el novelista por antonomasia de la literatura española contemporánea, por sus dotes de narrador y por su capacidad de creación. La fuerza de su testimonio sobre la sociedad y el vigor de su estilo sobrio lo convirtieron en maestro de los novelistas de la posguerra: Cela, Zunzunegui, Juan Benet, Luis Martín-Santos, por ejemplo, han proclamado muchas veces una admiración de discípulos ante el autor de La busca.

Fuente adaptada: LÁZARO CARRETER, F. y TUSÓN, V. Literatura Española 2º Bachillerato (BUP), Madrid, Anaya, 1995.


Enlaces útiles acerca de BAROJA:

1) Con datos acerca del autor y su obra; incluye un resumen esquemático por capítulos de El árbol de la ciencia.
2) Monográfico de El árbol de la ciencia
3) Estudio del autor y del El árbol de la ciencia. Muy útil.
4) Breve resumen de las ideas filosóficas contenidas en El árbol de la ciencia
5) Resumen por capítulos de El árbol de la ciencia. Muy útil.
6) Documental de RTVE sobre la familia Baroja
7) El novelista Miguel Sánchez Ostiz explora la personalidad y la obra de Baroja
8) Guía-cuestionario de la novela

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