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Para 1º Bachillerato

Corrección del comentario crítico: "Elegía" de Miguel Hernández

Jueves 3 de abril de 2014

COMENTARIO CRÍTICO DE “ELEGÍA” DE MIGUEL HERNÁNDEZ

El autor del texto que comentamos es Miguel Hernández, poeta que situamos dentro de la poesía española de posguerra (Generación del 36), limítrofe en su tendencia y características literarias con la Generación del 27. Este poema pertenece a la primera etapa de Miguel Hernández, concretamente al poemario El rayo que no cesa (1936), obra compleja que conjuga el neogongorismo y la influencia vanguardista para tratar temas amorosos.

Se trata de un texto literario, ya que su finalidad no es práctica, sino que busca crear belleza, extrañeza en el lector. El autor deja el mensaje abierto a la interpretación subjetiva del lector. En él predomina la función poética o estética con un especial cuidado de la forma del mensaje, fundamentalmente en lo que se refiere a la adscripción al género lírico, presencia de recursos estilísticos y métrica. La función emotiva o expresiva también es relevante, dada la intensa emotividad del poema, cuya finalidad es transmitir su dolor y la pena ante la muerte del amigo. Se trata de una elegía, subgénero lírico que permite expresar el estado de ánimo del poeta en este trance doloroso.

El poeta se vale de una serie de tercetos encadenados para dar forma al inmenso sentimiento de dolor, que desemboca incluso en la rebeldía por la injusticia ante la temprana muerte del amigo. El contenido del poema se estructura internamente en tres partes: Los siete primeros tercetos expresan el dolor por la temprana muerte del amigo; los cuatro tercetos siguientes manifiestan la reacción airada ante la muerte y el ansia de devolverlo a la vida; los cuatro tercetos siguientes y el serventesio final expresan la aceptación esperanzada de la muerte, en la seguridad de encontrar al amigo en el ámbito en que vivieron. La evolución de los sentimientos del poeta constituye, pues, una estructura ascendente que alcanza el clímax en el momento en que se manifiesta su deseo de devolverlo a la vida (vv. 31-33), tras el cual desciende hasta concluir con el emotivo verso final “compañero del alma, compañero”.

El yo poético, que se hace explícito en el primer verso (“Yo quiero ser llorando”), se dirige a un tú poético (“ocupas” “estercolas”, “tu corazón”, “encontrarte”…), a lo largo de todo el poema en las marcas lingüísticas de 1ª y 2ª persona de pronombres personales, verbos y determinantes. Sin duda, son un claro signo de intimismo y de implicación emotiva por parte del autor.

Mediante el empleo de la rima consonante y diversos recursos expresivos de repetición, tales como la aliteración en el nivel fónico (repetición de los fonemas /R/, /S/, /L/), las anáforas (“no perdono”, “temprano”, “quiero”), paralelismos (“quiero escarbar”, “quiero apartar”) y polisíndeton (”y besarte (…)/ y desamordazarte y regresarte” ) en el nivel sintáctico, así como la derivación (“madrugó la madrugada”) y el pleonasmo (“por doler me duele”) en lo referente al léxico, consigue crear un ritmo continuo y recurrente con el que pretende incidir en el sentimiento de dolor, que se va intensificando a lo largo del poema, como se nos muestra en diferentes hipérboles (“tanto dolor se agrupa en mi costado/ que por doler me duele hasta el aliento”, “siento más tu muerte que mi vida”).

Asimismo, destaca en el poema el uso magistral de las metáforas, relacionadas con la vida campestre, para plasmar este sentimiento (“el hortelano/ de la tierra que ocupas y estercolas”, “volverás a mi huerto y a mi higuera”, “campo de almendras espumosas”). No obstante, la intensidad del mismo, que deriva incluso en la rabia, provoca en algunos casos la ruptura con la lógica, propia de la influencia vanguardista, como se observa en los desplazamientos significativos (“alimentando lluvias”, “rastrojos de difuntos”, “andamios de flores”, “en mis manos levanto una tormenta”).

Por último, el autor finaliza el poema con una implicación directa al tratar de comunicarse mediante una invocación o apóstrofe (“compañero del alma, compañero”) con su gran amigo, en un intento fallido de devolverlo si no a la vida, al menos conservarlo en la memoria, asociado al mundo en que vivieron (“a las aladas almas de las rosas/del almendro de nata te requiero”).

Se trata, por tanto, de un texto perfectamente cohesionado y de una compleja elaboración que transmite un bello mensaje lleno de emotividad, que roza el punto máximo al desembocar el dolor en la ira, para descender a la amarga conformidad del ser humano. Se vale de una serie de recursos en los que se observa la adecuación al mundo compartido por el emisor y el destinatario del poema: la naturaleza y la vida en el campo.

Esta elegía nos evoca otras dos obras de extrema calidad literaria y emotividad lírica: Las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, en el siglo XV y El llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca, en el siglo XX.

Miguel Hernández consigue, a través de una rotunda sonoridad y un selecto y variado vocabulario, la implicación directa del lector en estos sentimientos que brotan sinceros del alma humana limitada por la muerte.