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Poemas de SGOP (2)

Domingo 5 de febrero de 2012

SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS
(1903-1907)
Comentarios adicionales (II)

Horizonte — Las ascuas de un crepúsculo morado — Me dijo un alba de la primavera — La noria — Las moscas — Hastío — Anoche cuando dormía — Es una tarde cenicienta y mustia — Renacimiento — Coplas mundanas.

Horizonte.

1. Organización de las ideas del texto
Para comenzar, el autor hace una breve y concisa descripción del paisaje en el que va a transcurrir la historia añadiendo su punto de vista interior. Esto lo podemos ver en la primera estrofa. A continuación, se encuentra un pareado que va a suponer el punto de inflexión del fragmento. Se introduce la idea del continuo paso del tiempo como encabalgamiento a lo que va a ser el cuarteto final, en el que Antonio Machado recurre a una experiencia propia para dar a entender ese continuo devenir. Para finalizar, enlaza todo lo explicado anteriormente con el último verso, contenedor en gran parte del sentido del fragmento, con el más allá.

Se podría decir que el poema posee una estructura deductiva, ya que partiendo de un hecho y expresando una experiencia propia, el autor alcanza, mediante la reflexión, una tesis o significado final.

2. Tema y resumen del texto.
El tema principal del poema es el continuo e incesante paso del tiempo.
El paso del tiempo, inevitable y continuo, se va a hacer notar también el los sueños, en la batalla, en la España de finales del siglo XIX. Tras un importante punto de inflexión, posiblemente de máxima caída, se llega a una pausa, a un llano, una calma. A pesar de ello, todo ha de continuar, el devenir no espera ni se detiene y puede que, en este caso, sea para mejor.

3. Comentario crítico
Nos disponemos a comentar un poema de Antonio Machado, titulado Horizonte, perteneciente a su famosa obra “Soledades, Galerías y otros poemas”. En el texto se pueden observar las principales preocupaciones del poeta, del que no hay que olvidar que perteneció a la Generación del 98, famosa por tratar el tema de profunda crisis de nuestro país a finales del siglo XIX. Entre otras de las principales ideas de Machado, nos encontramos el paso del tiempo, trabajado en otros poemas con símbolos como la fuente, el río o el agua.

Para comenzar, es conveniente comentar la estructura que el poema presenta. Está formado por diez versos alejandrinos con rima consonante dispuesta según el esquema: 14A-14B-14A-14B-14C-14C-14D-14E-14E-14D. Podemos repartirlos del siguiente modo: un primer serventesio (con la presentación), seguido de un pareado (que va a marcar la inflexión) y con un cuarteto como conclusión. Esta estructura va a hacer al lector interesarse y sentir, puesto que siempre que se produce un cambio decisivo en algo, comienza a atraer de una forma más directa de lo habitual.

Aclarada la estructura, se puede observar el culto lenguaje empleado en la composición del fragmento: “hastío” (v. 1), “blande” (v. 2), “purpúreo” (v. 5). Machado pudo pretender que sus ideales sólo llegasen a ciertos lectores, como los cultos, los interesados en su obra o los que realmente sienten preocupación por la difícil situación que nuestro país sufrió en aquel momento.

España se encontraba en tiempos de crisis, y no parecía crearse ningún hilo de esperanza al cual seguir o en el que el pueblo confiase un futuro. Esta pudo ser la causa que inspiró a Machado para crear este poema, ya que en él va a consolidar esa carencia común de los españoles.

El tiempo es la solución, se podría decir. El poeta comienza presentando un paisaje disgusto, “hastío” (v. 1), un lugar como España. Mediante la metáfora con una zona triste, Machado va a describir la situación del país y de sus gentes, que las define como “mil sombras”, parte de la población preocupada, intrigada, desesperanzada, que no confía mas que en un país hecho ceniza, descompuesto, al que no le ven ni la más mínima posibilidad de salir adelante. En ese momento y situación, el poeta recuerda la importancia y repercusión del tiempo, imparable…

España está muy hundida, deshecha, pero hay algo que puede hacerla cambiar, y ese algo es el transcurso del tiempo, el paso de los años y el olvido y recuperación de todos los daños sufridos anteriormente.

Esa esperanza, esa ramita verde que el poeta usó en “A un olmo seco”, en este caso se convierte en el tiempo, es la cura de la enfermedad que el país sufre, y no sólo eso, sino que parece ser la única solución a los problemas.

Para intensificar esa emoción y fe en el tiempo, el autor vuelve a emplear una serie de recursos, en especial la metáfora. Se pueden destacar dos: la primera es “el purpúreo ocaso” (v. 5), el de color púrpura, la puesta de sol, el paso del día a la noche, el cambio de la pobreza a la riqueza, el paso del fracaso al triunfo… En segundo lugar aparece “un cristal de llamas” (v. 6). Al igual que el fuego perdura a lo largo del tiempo, mientras encuentre algo que quemar, el tiempo también lo hace, y aún durante un periodo más largo, durante la eternidad, por lo que ese fuego que nos quemaba que parecía interminable será sofocado por el paso del tiempo, que conducirá a España hacia un futuro resplandeciente.

Ese tiempo venidero, ese futuro, se ve reflejado en el último verso del poema como “la alegre canción de un alba pura” (v. 10). El bello alba, el bonito amanecer, recibirá a nuestra tierra de forma alegre, y la ayudará a resolver sus conflictos, y a sus ciudadanos los hará vivir con más alegría y felicidad, aunque nunca hay que olvidar que, al igual que el tiempo se lleva lo malo, lo trae.

En mi opinión, vivimos en un continuo vaivén cuyo principal culpable y salvador es el tiempo, siempre continuo, interminable, que siempre ha sido y siempre será, una realidad superior a todo. Podemos buscar solución a diferentes problemas en el transcurso de los años, pero sin olvidar que pueden aparecer nuevos asuntos que sorprendan.

Como conclusión, señalar el gran trabajo del autor para representar el paso del tiempo comparándolo con las etapas más bellas del día: el atardecer, la puesta de sol (ocaso) y el alba, gracias a las cuales se pueden diferenciar tres fases cíclicas que el tiempo causa: el problema, la decaída y la solución, dejando un más allá temporal, un más allá de lo conocido, un más allá del “Horizonte”.

FUENTE.- Mario Andrades (de la página asignatura de LyLiteratura del IES Salduba de San Pedro de Alcántara)

Las ascuas de un crepúsculo morado.

...Localización
El texto que vamos a comentar es un poema de Soledades (1903), libro que fue posteriormente ampliado con numerosas composiciones en una segunda edición titulada Soledades. Galerías. Otros poemas (1907). Ambas obras constituyen la primera etapa de la producción poética de Antonio Machado, en la que, si bien se perciben influencias del simbolismo y del modernismo, el poeta alcanza ya una voz madura y personal. Temas como la infancia, el ansia de amor, el paisaje, el paso del tiempo o la muerte, que suscitan en el poeta sentimientos de nostalgia, melancolía o angustia, son constantes en esta primera etapa, caracterizada por su orientación hacia la intimidad.

...Tema
El texto es una breve descripción, aparentemente objetiva y trazada con unas pocas pinceladas, de un parque. No hay ninguna referencia a un yo poético: la presencia del poeta está sugerida como mero contemplador de lo que describe. Pero la descripción que se efectúa, lejos de ser objetiva, está teñida por las impresiones que la contemplación produce en el poeta; y esa sensaciones nos llegan junto con la descripción. El ocaso, la glorieta oscura, la estatua sin vida, el agua muerta… parecen connotar la agonía de ese paisaje o su misma muerte. El tema del texto, por consiguiente, es la impresión de agonía que produce en el poeta la contemplación de un paisaje inerte.

...Estructura
El texto carece de divisiones estróficas. Es una silva-romance (combinación libre de endecasílabos y heptasílabos con rima asonante en los pares, forma frecuente en Machado) con el siguiente esquema: 11– 11A 11– 11A 11– 7a (silva romance).

Tampoco cabe establecer partes desde el punto de vista del contenido. La descripción del lugar se efectúa con tres oraciones que, desde un plano general -el ocaso tras los cipreses- va acercándose a un espacio acotado: la glorieta y la fuente, con la estatua del dios Amor (segunda frase) y el agua estancada (tercera). De los distintos elementos posibles dentro de ese cuadro, el poeta selecciona tres que, descritos de manera subjetiva, corresponden a tres momentos de esa sensación que suscita el paisaje: acabamiento, falta de vida, muerte.

…Estilo
A esa impresión de agonía contribuye, en primer lugar, el momento crepuscular en que se sitúa el cuadro. Los primeros versos, en efecto, describen el ocaso mediante una metáfora de genitivo inverso: Las ascuas de un crepúsculo morado, Metáfora I-R, detrás del negro cipresal humean…, I.

Metáfora que se continúa en el segundo verso con humean: el sol en el ocaso es como unas brasas que se extinguen y humean. La impresión de acabamiento que expresa esta metáfora se refuerza mediante una gradación de los adjetivos, de color cada vez más apagado (ascuas-rojo; morado; negro). El adjetivo negro aplicado a los cipreses potencia además las connotaciones fúnebres del cipresal, que nuestra cultura asocia a los cementerios. El paisaje queda así, desde su inicio, impregnado de una fúnebre gravedad.

Los versos siguientes nos aproximan ya al centro de interés del cuadro. Dentro de la glorieta en sombra se halla la fuente, adornada con una estatua del dios Amor, al que se representa siempre como un niño alado y desnudo:

En la glorieta en sombra está la fuente / con su alado y desnudo Amor de piedra, / que sueña mudo.

La presencia de esta estatua, sin embargo, no dota paisaje de ninguna animación. Precisamente la personificación a que se somete a la estatua sirve para destacar su falta de vida. El Amor sueña mudo, es decir, permanece inmóvil, soñoliento, silencioso (su mudez se destaca con la similicadencia desnudo-mudo). Es, en definitiva, un Amor de piedra, que no evoca ilusiones o sentimientos de amor, sino más bien el vacío. La selección de este segundo elemento nos lleva pues de una sensación de acabamiento a otra de ausencia de vida y sentimiento. Y los versos finales se fijan en el agua de la fuente:

En la marmórea taza / reposa el agua muerta.

El agua no discurre o brota alegremente, sino que reposa en la “marmórea taza” (nuevo elemento de dureza, como el “Amor de piedra”). El adjetivo “muerta” envuelve una metáfora adjetiva: la quietud del agua se compara con la inmovilidad de un cadáver. Las impresiones de extinción, inmovilidad, silencio… culminan en este último verso, en el que la metáfora condensa esa sensación de hallarse ante un mundo muerto que constituye el tema del texto.

...Conclusión
Dentro de su brevedad, el texto comentado es una buena muestra de la primera etapa de la obra de Machado. La temática intimista, la presencia del paisaje y su estrecha relación con el alma del poeta son, en efecto, rasgos característicos de este primer periodo. Y en el caso que nos ocupa, nos encontramos ante un poema de innegable belleza y fuerza emotiva: con una descripción aparentemente sencilla y objetiva, pero elaborada mediante diversas figuras y una excepcional atención a los valores connotativos del lenguaje, Machado logra reproducir y hacernos llegar vívidamente “una honda palpitación del espíritu”.Fuente

Me dijo un alba de la primavera.

Aquí se plantea un diálogo entre la mañana y el poeta. Como en otras ocasiones, se produce un desdoblamiento de él mismo en un intento de encontrarse a sí mismo. El poeta se muestra decaído, sin anhelos, sin ilusiones... La mañana se convierte en un elemento de esperanza que puede abrir al poeta una puerta hacia la luz. Vuelve a aparecer una vez más el simbolismo: el alba de la primavera simboliza el amanecer, la luz, la esperanza de algo que una vez hubo en el corazón del poeta. El sueño de Machado, en cambio, sólo tiene cristal, como las galerías de la infancia. La mañana pura será el reencuentro del poeta con ese sueño.

En cuanto a la estructura externa nos encontramos con una silva arromanzada(asonante en los pares), formada por 16 versos. Este poema se puede dividir en 3 partes; en la primera parte se deja constancia que la primavera floreció en el pasado. En una segunda parte la mañana pregunta si el poeta aún tiene en su interior esas flores. En el momento actual no hay flores. Por último existe un camino abierto a la esperanza.

En el primer verso, alba y primavera se relacionan; se trata de elementos de vida, de amanecer (alba es inicio de día y primavera es la estación de la esperanza, tras el invierno). A partir del segundo verso empieza un diálogo con la primavera. Florecí se relaciona con primavera, como indicando un brote anterior de vida, reforzado por el verso 4 (las flores del camino). Florecí, en cambio, se contrapone a sombrío. La adjetivación aplicada al tú (el poeta) es claramente significativa: corazón sombrío /caminante viejo son epítetos contrarios a la idea de vida del primer verso. La primavera acaba su intervención con un par de interrogaciones retóricas, en las que parece preguntar por la vida que plantó tiempo atrás.

La respuesta del poeta es de un tono totalmente contrario. La metáfora sólo tienen cristal los sueños míos significa que sus sueños están encerrados entre cristales; podemos relacionarlo con las galerías del alma del poema “Renacimiento”. La figura del hada perdida evoca una infancia igualmente perdida; como la de aquella época que debió ser feliz y ni siquiera lo fue (yo no conozco el hada de mis sueños). Sin embargo, el poeta tiene una última esperanza: la mañana pura. Podemos interpretar, incluso, que la mañana pura sería la muerte del poeta, aquello que le desligaría de este mundo; entonces, su hada se reencontraría con el alba de la primavera. La estructura del poema, claramente circular, refuerza esta idea. Por tanto, aquí las galerías (el cristal) tendría también un sentido de cárcel.

En conclusión, Machado vuelve a plantear la angustia y el pesimismo como ejes temáticos del poema. La aparición del sueño y del cristal, que permite la relación con la infancia, parecen reforzar la idea que la felicidad de Machado, aquello que anda persiguiendo, su Dios, no haya sido, siquiera, de este mundo ni de su existencia. FUENTE

La noria.

En este poema Machado aborda la monotonía y el paso del tiempo a partir de la alegoría de la noria: Machado compara la noria (su movimiento monótono y constante, el agua muerta que por ella cae y la mula ciega que a pesar de andar muchísimo, no se mueve de su sitio) con la propia existencia, en una alegoría que recuerda a la del “mito de la caverna” de Platón. El poema, por tanto, está cargado de símbolos.

En cuanto a su estructura métrica, el Poema es un conjunto de estrofas formadas por 24 versos hexasílabos, de rima asonante en los pares, que conforman un romancillo. Los encabalgamientos son constantes, ya que cada dos versos forman una unidad sintáctica, normalmente simple (La tarde caía / triste y polvorienta // El agua cantaba / su copla plebeya). A la hora de dividir el texto en partes, parece claro que podemos hablar de una primera parte (entre los versos 1 y 10) en la que el poeta describe la imagen de la noria: puede parecer un simple poema descriptivo. A partir del verso 11, el autor interpreta la imagen de la noria e introduce la alegoría, convirtiendo los elementos descriptivos anteriores en símbolos.

La introducción (dos primeros versos, que luego se repetirán en los versos 11 y 12) traslada al lector ya la imagen de un tiempo triste. Machado vuelve a emplear el recurso de la tarde, una tarde que ahora cae (no pasa ni transcurre) triste y polvorienta. En los versos 3-6, Machado plasma la imagen de la noria: el agua que cae (con la metáfora canta su copla plebeya), reforzando la idea de monotonía con la lentitud: parece no transmitir una imagen de vida, sino de hastío. En la siguiente estrofa (versos 7-10) encontramos un contraste léxico: soñaba rompe con una línea léxica triste. La mula (a la que Machado retrata con los epítetos pobre y vieja) sueña porque no ve (al compás de sombra). A partir del verso 13, Machado quiere interpretar la imagen de esa noria: convierte a la mula en el sujeto de la acción. La noria será la amargura de la eterna rueda. La noria simbolizará el eterno movimiento que no lleva a ninguna parte. Esa amargura se contrastará con la imagen del agua que fluye, que en otros poemas de Machado simboliza la vida. Machado ve un contraste entre la noria, se mueve lenta, circular, sin avanzar, y el agua que fluye (la dulce armonía del agua que sueña). El conjunto lo completa la mula, que es quien en realidad hace que todo se mueva. Machado concluye que quien vendó los ojos de la mula era un noble, divino poeta, ya que la mula, por esa ceguera, puede creer que avanza y recorre grandes caminos, y que el agua que oye puede ser de distintos lugares, aunque en realidad, ni la mula deja de andar en círculo (por tanto, como la noria, su movimiento es nulo) ni el agua deja de ser la misma. Es en esta interpretación donde podemos ver la presencia platónica: el hombre cree saber, aunque en realidad lo que ve sea una imagen, un sueño. Por ello es mejor que no vea el exterior de la caverna, como es mejor que la mula siga ciega.

Machado, en este poema, muestra un pesimismo extremo ante la existencia y la vida misma. Su pesimismo alcanza más allá que su propio ser. En otros poemas, es Machado el que no encuentra sentido a su propia existencia y parece bucear en sus recuerdos. Aquí, Machado parece querer decir que la existencia es así: como una noria, lenta y monótona, para la cual cada día es como fue el anterior y como será el siguiente.FUENTE

Las moscas.

Tema.
El tema de esta poesía son los recuerdos que las moscas avivan en el poeta.

Resumen.
El poema se dirige a las moscas porque están unidas a la memoria de su vida. Fueron testigos de su primera niñez, de sus ilusiones y de sus años de colegio. Y ahora, lo siguen acompañando en su madurez. Las canta en su poema porque las moscas han presenciado los juegos, las lecturas, los amores y la muerte de las personas. Carentes de las virtudes y utilidades de otros insectos, las moscas ayudan al poeta a recordar todo lo vivido.

Estructura.
El poema se compone de estrofas diferentes, aunque en todas se utilizan los versos octosílabos y la rima consonante. Los veinticuatro primeros versos los forman tres cuartetas, dos redondillas y otra cuarteta de rima en –ares, -osas, -aces, -il, -ío, -ar, -ela, -idas, -oras, -ales, -encia, -ada. En estas redondillas, todos los versos son octosílabos, (el 6º, 8º, 10º y 12º de 7 + 1), menos el 15º, que es tetrasílabo. Los siguientes versos no parecen ajustarse a un esquema métrico fijo, sino que son una combinación de distintas estrofas. Podemos distinguir, siguiendo la sucesión de los versos, un pareado, (con rima en –ares), una quintilla irregular, (con rima en –or y –ado), otro pareado, (con rima en –ertos), y una sextilla, (con rima en –osas y –ejas). La transición de las cuartetas y las redondillas a otro tipo de estrofas no parece casual. En las estrofas de cuatro versos, el poeta trata sobre todo de la presencia de las moscas en su propia vida, mientras que en los siguientes versos, esa presencia de las moscas se relaciona con la existencia de los hombres en general. La sextilla final puede considerarse, por las obvias similitudes de tema y forma con la primera cuarteta, como una cuarteta a la que el poeta ha añadido dos versos para dotar de mayor énfasis a su alabanza del humilde papel de las moscas.

 Si analizamos el desarrollo del tema, en el poema se pueden distinguir cuatro partes:

PRIMERA PARTE (vv. 1º-4º): se plantea el tema.

SEGUNDA PARTE (vv. 5º-19º): se muestra a las moscas unidas a los distintos momentos de la vida del poeta.
….....Primera subparte (vv. 5º-8º): las moscas estuvieron con el poeta en sus primeros meses de vida.
….....Segunda subparte (vv. 9º-12º): las moscas asistieron a la formación de sus primeras ideas y proyectos.
….....Tercera subparte (vv. 13º-19º): las moscas lo acompañaron en sus años de colegio.

TERCERA PARTE (vv. 20º-33º): se exponen las razones por las que las moscas merecen ser las protagonistas del poema.
….....Primera subparte (vv. 20º-25º): las moscas han estado siempre con el poeta.
….....Segunda subparte (vv. 25º-33º): las moscas han contemplado los momentos fundamentales de la vida de cualquier hombre.

CUARTA PARTE (vv. 34º-39º): se repite el tema del poema.
….....Primera subparte (vv. 34º-36º): se insiste en la idea de que las moscas son seres ordinarios.
….....Segunda subparte (vv. 37º-39º): se destaca de nuevo la bondad de las moscas por ser portadoras de recuerdos.

Comentario crítico.
Este poema pertenece al libro Soledades, de Antonio Machado. Aunque su tono alegre y casi burlón lo distingue de la mayoría de poemas de esa obra, en él se oculta la misma melancolía que en los demás. Las moscas, como las fuentes, los patios y jardines o los caminos, aparecen como testigos de las vivencias del poeta y del tiempo pasado. Son, al fin y al cabo, compañeras de la soledad en que parece sumido Machado cuando, como dice en su autorretrato, conversa “con el hombre que siempre va conmigo”.

El pronombre con que comienza el poema insinúa ya esa actitud de complicidad con que el poeta se acerca a las moscas. El vocativo “vosotras”, repetido con una anáfora en los versos 1º y 3º, personaliza a las moscas al transformarlas en interlocutoras del poeta. En contraste con el desdén habitual por las moscas, el poeta les habla con dulzura, con una simpatía que se aprecia en los adjetivos con que se dirige a ellas en los versos 2º y 3º. El adjetivo “familiares” encierra una anfibología que define lo que representan las moscas para el poeta. Son “familiares” porque, como se expondrá en el poema, han compartido toda la vida del poeta, hasta el extremo de que son ya “amigas viejas” (v. 38º). Y son también “familiares” porque carecen de cualquier rasgo extraordinario, como se recuerda a continuación cuando se las llama “moscas vulgares”. Esta ausencia de cualidades destacables en las moscas está directamente vinculada al aprecio que el poeta siente por ellas. Las moscas son estimables, son “familiares”, porque representan la intrascendencia de los momentos que, en realidad, constituyen la parte fundamental de la vida del hombre. Es esa intrascendencia en la que se enmarcarán todos los hechos que el poeta irá evocando a lo largo del poema.

Pero “vulgares”, cuya estrecha unión con “familiares” se manifiesta aún más al constituir los dos adjetivos la rima de los versos 2º y 4º, establece una relación paradójica con “familiares”. Por un lado, como se acaba de explicar, ambos adjetivos subrayan la condición ordinaria de las moscas y, en este sentido, son casi sinónimos, de ahí que el poeta los vuelva a utilizar de manera similar en los versos 25º, 26º y 27º: “Moscas vulgares,/ que de puro familiares/no tendréis digno cantor”. Por otro lado, una antítesis diferencia el significado de ambos términos. Si de “familiares” se desprende un sentimiento de aprecio por las moscas, con “vulgares” el poeta parece querer evitar que ese aprecio suavice, o disculpe de alguna manera, la opinión habitual según la cual las moscas son insectos molestos y sin gracia. Después de que con la personalización “inevitables golosas” el poeta represente a las moscas como seres festivos, casi como chiquillos indisciplinados, con el epíteto “vulgares” huye de cualquier idealización de estos insectos. Las protagonistas del poema no son ningún tipo especial de moscas revestido de cualidades excepcionales. Son las moscas de siempre, las de todos los días y todos los lugares. A Machado, al igual que a Unamuno cuando desarrolla su concepto de la intrahistoria, le interesa el tiempo de la vivencia diaria del hombre, el tiempo de la vivencia “vulgar” que nunca formará parte de ninguna historia, sino de la vida de cada individuo, con el que ese tiempo se extinguirá. Por esta razón, la vulgaridad de las moscas es, en realidad, la vulgaridad de los detalles cotidianos y efímeros de cualquier vida humana.

Esta idea sobresale en la hipérbole del verso 4º: “me evocáis todas las cosas”. El poeta emplea una palabra tan vaga como “cosas” porque con ella abarca todos los instantes que, por insustanciales, hemos olvidado a pesar de que son ellos los que han llenado la mayor parte de nuestras horas. Esas “cosas” son las cosas “vulgares”, como las propias moscas; son, como se evidenciará en el resto del poema, momentos de la vida, fragmentos de tiempo que las moscas, al contrario que la fuente que calla en otros poemas de Machado, regalan al poeta con su revolotear interminable.

El significado temporal con que el poeta reviste la compañía permanente de las moscas, se observa con más claridad en las estrofas que siguen. En ellas, Machado emplea el símbolo habitual que identifica la sucesión de la vida del hombre con el transcurso de las estaciones del año. La “calva infantil” del poeta, la propia de un niño de pocos meses, está relacionada con la primavera, pues, a través de un símil, se compara a las moscas que se posaron en esa calva con “abejas en abril”. Los años en que se forja el conocimiento de lo que pasa a nuestro alrededor, cuando el niño toma conciencia de la realidad y de sí mismo, como trasluce el verso “en que yo empecé a soñar”, son los años ligados al verano y a las moscas de “las claras tardes de estío”. Por último, los años del aprendizaje, en los que la referencia a la “aborrecida escuela” sitúa la pérdida de la felicidad de la primera infancia, se limitan a los “días otoñales”, en los cuales las moscas, con su vuelo y su ruido, surgen como una reminiscencia de la primavera y el verano pasados.

Al describir estas etapas de la vida, el poeta expresa los sentimientos que sentía en cada una de ellas a través de las cualidades y hechos con que describe a las moscas, como si, en parte, las moscas fueran, además de testigos, cómplices de esos sentimientos. La alegría de la infancia más temprana se destaca en las dos redondillas dedicadas a ella, (vv. 5º- 12º), con el empleo de dos exclamaciones y del estilo nominal, que transmite una impresión de euforia tan intensa como la que experimentará Machado más tarde ante el paisaje castellano. La repetición del adjetivo “viejas” antepuesto pone de relieve, por supuesto, el tiempo que ha pasado desde esos lejanos años, pero, también, sirve para hacer de nuevo hincapié en la fidelidad con que las moscas han permanecido junto a él. El adjetivo “voraces”, desprovisto aquí de cualquier acepción negativa, y el adjetivo “pertinaces” muestran a las moscas revoloteando inquietas de un sitio para otro, pero, principalmente, en torno a la “calva infantil”. Incluso los encabalgamientos con que están construidos estos versos parecen sugerir ese movimiento sin fin. Son las moscas, con su insaciabilidad y su vuelo pertinaz, una manifestación de la propia energía del niño. La impresión que nos dejan estos versos, con esas moscas “voraces” y “pertinaces”, hedonistas e incansables como los niños pequeños, es la de que su vuelo sobre la “calva infantil” constituye el primer juego que la vida le ofrece al poeta.

En los versos consagrados al verano, encontramos el “salón familiar” y “las claras tardes de estío” de otros poemas de Machado. Esta circunstancia se debe a que ahora cambia el protagonista de esta redondilla con respecto a la anterior. Las dos redondillas muestran, como lo harán los siguientes versos, lo que contempla el niño. Pero si en la primera de estas dos estrofas la atención del niño era atraída por el movimiento interminable de las moscas, sugerido en los tres primeros versos con los dos adjetivos ya comentados, en la segunda estrofa, la atención del niño se vuelve hacia una realidad más amplia, hacia esas “claras tardes de estío” símbolo de la niñez y la juventud del poeta. Frente a la actividad que se sobreentendía en la redondilla anterior, en ésta domina la quietud. Se impone en ella la presencia objetiva de la realidad: el espacio, “el salón familiar”, y el tiempo, las “tardes de estío”. La única actividad que ahí se da es una actividad introspectiva, las ensoñaciones del niño: “empecé a soñar”. Y otra vez el sentimiento del poeta emerge de la descripción de las moscas. El hastío de las moscas, como se puede suponer, es el hastío del propio niño. Las moscas vuelven a ser el punto de referencia que le permite al poeta mostrar el paso del tiempo, como se observa en la paronomasia de “hastío”, referido a las moscas, y “estío”, símbolo de la juventud.

La comunión de sentimientos entre el poeta y las moscas culmina en los versos en que se describe las horas de colegio. Se percibe, por ejemplo, en la antítesis entre los adjetivos “aborrecida”, (“aborrecida escuela”), y “divertidas” (“raudas moscas divertidas”), en la que se expresa la enorme simpatía del poeta por las moscas. De hecho, la única actividad feliz de estas pesadas horas se debe a las moscas, pues no es otra que el intentar cazarlas, de ahí que el poeta la destaque en un verso de pie quebrado, (el 15º: “perseguidas”). Pero vemos como esta actividad se convierte en metáfora de los anhelos del niño. Las moscas son acosadas “por amor de lo que vuela/- que todo es volar”. Con la reflexión “que todo es volar”, el “volar” se revela como metáfora del “soñar” del verso 12º: “volar” es separarse del suelo y “soñar” es distanciarse de la realidad. Y el vuelo de las moscas es un intento imposible por cumplir el sueño del niño, huir de la “aborrecida escuela”: las moscas vuelan hacia el exterior y acaban “rebotando en los cristales”, con lo que su vuelo es imagen de la inutilidad del sueño contra la realidad. Quizás esos “días otoñales” del verso 19º sean un símbolo de la frustración de los deseos del hombre a medida que el tiempo los va poniendo a prueba.

Acabado el retrato de su infancia, el poeta resume el vínculo entre las moscas y su vida en unos pocos versos. En éstos, en una gradación desde la niñez hasta la edad del momento en que escribe, recurre a la anáfora, el asíndeton y el estilo nominal, de manera que se origina un ritmo acelerado que parece corresponder al rápido paso del tiempo y, frente a lo efímero de éste, a la fiel presencia de las moscas: “Moscas de todas las horas,/ de infancia y adolescencia,/ de mi juventud dorada;/ de esta segunda inocencia,/ que da en no en no creer en nada,/ de siempre..” Las etapas de la vida están enunciadas ahora de manera general, sin detalle alguno que las particularice: la “infancia”, la “adolescencia” y la “juventud”. Sólo la etapa que sigue a la juventud, la actual, no es nombrada directamente. El poeta alude a ella mediante una perífrasis, “esta segunda inocencia”, que explica, en parte su interés por las moscas. La perífrasis evita que el poeta llame a su edad presente madurez, porque la madurez implicaría un conocimiento del mundo y una acumulación de experiencia que se opondría a la ingenuidad de la infancia.

Sin embargo, la “inocencia” es un estado de la inteligencia que se caracteriza por su credulidad y confianza en la bondad de los demás. Resulta paradójico que el poeta defina aquí la inocencia como escepticismo, e incluso que destaque la unión de estos dos conceptos opuestos con una aliteración de la d y la n en los versos 24º y 25º que hace que el significado de la palabra “inocencia” trascienda al verso 25º: “de esta segunda inocencia/ que da en no creer en nada”. En el fondo, no hay aquí ninguna paradoja. Desengañando del papel que se supone que los hombres deben ocupar en la sociedad, receloso de los grandes ideales, del progreso y de las virtudes de la ciencia y la política que predican los prohombres de su tiempo, el poeta vuelve su interés hacia aquellas cosas que llenaron las horas de su infancia. Por este motivo, vive una “segunda inocencia”, en la que las moscas ocupan un lugar esencial, pues son ellas, “moscas de siempre”, las compañeras de aquellos años y las que conservan aún el recuerdo de los mismos.

Hay, por tanto, en estos versos una tendencia del poeta a desligarse de determinados valores sociales para regresar a las cosas humildes de su infancia. Esta oposición entre lo que la sociedad considera importante y aquello que más aprecia el poeta, se advierte con claridad cuando afirma el poeta que las moscas no obtendrán “digno cantor” por lo “puro familiares” que son. Hallamos otra vez en estos versos la convicción de los escritores de la generación del 98 de que hay que buscar la esencia de la realidad en los seres sencillos y en los hechos cotidianos. El tiempo de los grandes hitos históricos, de los grandes acontecimientos sociales, es distinto del tiempo de cada individuo, que transcurre en su mayor parte ajeno a esa historia que ocupará hoy los periódicos y mañana los libros. En este poema, las moscas, con su propia intrascendencia, forman parte de esa vida sin estridencias del hombre común y, por ello, incitan al poeta a cantarlas.

Y, en efecto, a continuación el poeta no se refiere ya a vivencias propias, sino a momentos que podrían pertenecer a la vida de cualquier hombre. El verbo “sé”, con el “yo” enfático que lo precede, sugiere que lo que ahora se declara en estos versos forma parte del conocimiento que el poeta, pasada ya su “juventud dorada”, ha atesorado a lo largo de su vida. De nuevo la gradación y el asíndeton ordenan el transcurso de la vida: la infancia más temprana, reflejada en el “juguete”; la infancia más tardía y la adolescencia, adivinadas en el “librote cerrado”, cuyo sufijo aumentativo descubre la pesadez de las primeras lecturas o, quizás, de las horas de estudio; la juventud, a la que correspondería “la carta de amor”; la vejez, que concluirá con “los párpados yertos/ de los muertos”. El asíndeton provoca la sensación de que estos momentos se han sucedido unos a otros de manera inevitable, hasta desembocar en la muerte. Todas, menos la última, son escenas donde predomina la ilusión, imágenes de actividades felices: el juego, el conocimiento y el amor. Pero todas son también imágenes en las que se percibe una ausencia: el juguete sin el niño; el libro “cerrado” y sin lector; la carta de amor, que se escribe en soledad y lejos del ser amado; y, por último, los “párpados yertos”, sin el calor de la vida y de la luz.

Renace, bajo la aparente alegría de estos versos, la obsesión de Machado por la fugacidad del tiempo y la destrucción que conlleva esa fugacidad, destrucción cuya consecuencia más terrible se expresa de manera plástica con el encabalgamiento entre los versos 32ºº y 33º: “sobre los párpados yertos,/ de los muertos”. En los versos 29º, 30º y 31º, la anáfora, el asíndeton y el paralelismo han creado un ritmo vivaz que simula el curso ininterrumpido del tiempo. Inmediatamente después, el encabalgamiento de los versos 32º y 33º corta bruscamente ese ritmo, al separar el complemento de su nombre, y causa la impresión de que el tiempo se ha detenido de golpe. En estos versos, además, hay una intensa aliteración debida a las sílabas tónicas terminadas en –r, a las vocales e y o, que dominan por completo el verso 33º, y a la terminación de todos los adjetivos y sustantivos en sílaba formada por dental, (d y t), más -os:

“sobre los párpados yertos,/ de los muertos”.

Esta aliteración contribuye a esta sensación de progresiva paralización del ritmo métrico y sintáctico que sugiere el fin del tiempo de todo hombre con su muerte.

La imagen de las moscas posadas sobre los párpados de los muertos es, en cierto modo, simétrica de aquélla en que el poeta las mostraba “sobre mi calva infantil”. El ciclo de la vida se termina tal y como empezó: con las moscas que saludaban la venida del niño al mundo, despidiéndose ahora de él. Y estas moscas, transformadas en seres ubicuos por la anáfora de la preposición locativa “sobre”, se erigen como el único asidero contra una segunda muerte, la del olvido, aquélla de la que la generación del 98 quería rescatar a todos los hombres “vulgares” del mismo modo que hace la historia con los hombres famosos. Quedan sólo las moscas para revivir la memoria de esos hombres que se perderán en la intrahistoria. Machado aparece así, al alcanzar la edad de “esta segunda inocencia/ que da en no creer en nada”, como uno más de esos hombres.

Completado el recorrido de toda una vida, el poeta vuelve, como al principio, a exaltar a las moscas en los últimos versos. De nuevo, el asíndeton con que enumera las virtudes de las moscas le sirve para obtener un ritmo enérgico en los últimos versos. Pero en esta enumeración, se distinguen las cualidades que efectivamente poseen las moscas, enunciadas con un adjetivo, (“golosas”, “pequeñitas”, “revoltosas”), de aquéllas de las que carecen, descritas mediante un paralelismo, (“que ni labráis como abejas,/ ni brilláis cual mariposas”). Hay en esta distinción una antítesis entre cualidades individuales, que no sirven para otra cosa que para el placer personal, y cualidades sociales, la laboriosidad de las abejas y la belleza de las mariposas, ligadas a la utilidad y al prestigio mundano. El poeta insiste, en consecuencia, en distinguir entre las metas impuestas al hombre por la sociedad y los anhelos íntimos, ligados a los deseos y sueños de la niñez, los sueños de las “claras tardes de estío”. Y así, se refuerza la visión de las propias moscas como seres infantiles: se convierte en diminutivo un adjetivo que, de por sí, implica la noción de tamaño diminuto, “pequeñitas”; se repite el “golosas” del 2º verso; y, además, se emplea un adjetivo tan subversivamente ambiguo como “revoltosas”, que puede significar que las moscas son traviesas y juguetonas, pero también que no aceptan ninguna autoridad salvo la de su propia voluntad. Para el poeta, las moscas son no sólo la memoria viva de su infancia, sino el espíritu mismo de la niñez, seres que nunca crecerán.

FUENTE.- Rafael Roldán. Departamento de Lengua del IES Nicolás Copérnico de Écija.

Hastío.

1. Organización de ideas del texto.
La idea principal del texto es el paso del tiempo que lo podemos observar claramente a lo largo de todo el texto pero tratado de distintas formas. Como podemos ver en la primera parte del poema, el autor nos habla acerca de su infancia, entendiendo ésta como el comienzo de la vida. A medida que se avanza en el texto nos va dando la sensación del paso y la fugacidad del tiempo hasta llegar a la última estrofa donde con la caída de la tarde, acaba el poema y la vida.

2. Tema principal y resumen del texto.
El tema principal es el tiempo. En el poema, Antonio Machado se encarga de hacernos ver lo rápido que éste pasa y lo poco que podemos hacer ante esto, siempre mediante símbolos.

3. Comentario crítico.
Nos disponemos a comentar un poema del autor sevillano Antonio Machado, llamado Hastío.

Antonio Machado es un poeta perteneciente a la Generación del 98, cuya poesía gira en torno a temas como: el paisaje, el amor, Dios o el tiempo. El tema de este poema es éste último, el tiempo. Dicho tema es tratado remontándose a su infancia, esto lo podemos intuir a lo largo de todo el poema pero queda más marcado en el verso cuatro: “donde yo empecé a soñar”, refiriéndose a sus comienzos como poeta y como persona. Este método es característico de este autor, ya que a menudo utiliza sus recuerdos o añoranzas para expresar su preocupación acerca del tiempo, como su fugacidad y la angustia que esto le provoca.

Otra característica de este autor es la continua presencia de símbolos. En este poema podemos encontrar símbolos como el reloj y el agua. El símbolo del reloj lo podemos entender como la angustia que le provoca el paso del tiempo frente a lo que no podemos hacer nada, no podemos pararlo. Esto está plasmado en los versos siete y ocho: “el tic-tac acompasado odiosamente golpea”. En estos versos podemos percibir esa rabia que siente el autor por no poder frenar las manillas del reloj, esos movimientos le atormentan su mundo y él no puede remediarlo. El agua es otro símbolo referencial al tiempo. La monotonía del agua presenta la fugacidad de éste, lo rápido que pasa. Esto tiene como consecuencia lo mismo que provocaba el símbolo del reloj, la misma preocupación, querer parar al tiempo y no poder. Ante el paso de los días, éstos se vuelven monótonos y es lo que intenta explicarnos el autor en los versos once y doce: “un día es como otro día; hoy es el mismo que ayer” donde nos plasma dicha idea sin rodeos. Todos los días son iguales puesto que no hay nada que diferencie a un día de otro, ya que lo que cuenta es que estos se acaban y tan solo perduran en el recuerdo.

Otro símbolo con el que también se hace referencia al tiempo es la tarde, pero en este caso no quiere darnos a entender el transcurso de éste, simplemente su final. La caída de la tarde es como el final de la vida, el tiempo que ya se ha agotado.

Antonio Machado comienza el poema con su infancia, el inicio de su vida y lo acaba con la tarde, el final del día, mientras que en las estrofas intermedias es donde se trata el paso del tiempo. Esto puede darnos lugar a una posible interpretación de lo que el poeta nos quiere decir, comparando el inicio del poema con el principio de la vida, y el final del poema con lo último de la vida, utilizando a la tarde como símbolo, podemos interpretar que el poeta nos intenta decir que la vida puede ser tan corta y fugaz como este poema, la vida empezaría con la infancia, la primera estrofa y acabaría con el gasto de nuestro tiempo, la caída de la tarde en la última estrofa.

El poema está compuesto por tres cuartetas y una redondilla, compuestas por versos octosílabos de rima consonante con la estructura: 8a-8b-8a-8b-8c-8d-8c-8d-8e-8f-8e-8f-8g-8h-8h-8g. El autor utiliza un lenguaje sencillo pero utilizando el vocabulario adecuado y un registro culto para explicar con total claridad lo que desea reflejar en él. Además abundan las oraciones simples con la intención de no hacer complejo el entendimiento del tema del poema. Para favorecer dicho entendimiento también abunda el uso de adjetivos, con la finalidad de que se nos vuelva todo más claro.

En el texto podemos encontrar figuras literarias, como la personificación en los dos últimos versos: “¡Qué largamente ha llorado la fronda marchita!” atribuyéndole a un conjunto de hojas y ramas la capacidad de llorar.

En conclusión, el poema Hastío de Antonio Machado en el que el poeta trata una vez más el tema del tiempo, nos induce a pensar acerca del paso de éste y la fugacidad de la vida que esto conlleva mediante distintos símbolos que caracterizan al poeta y un lenguaje claro y sencillo.

FUENTE.- Ana Jesús Chacón Espinosa 2º Bach. A (de la página asignatura de LyLiteratura del IES Salduba de San Pedro de Alcántara)

Anoche cuando dormía.

Nos disponemos a comentar este poema de Antonio Machado, autor sevillano nacido en 1875. Su infancia transcurrió en la capital andaluza, de la que siempre recordará algunos elementos procedentes de su casa natal: el patio, la fuente, el limonero.... Uno de ellos (fuente o fontana) lo veremos en el presente texto.

Posteriormente se traslada con su familia a Madrid. Allí estudia en la I.L.E. Viaja en diversas ocasiones a París y se relaciona, en ambas ciudades, con los principales autores del momento.

En 1903 publica su primera obra. Se trata de Soledades, un libro modernista, con raíces simbolistas. Posteriormente, se reedita en 1907 bajo el título de Soledades, Galerías y otros poemas. En esta nueva versión han desaparecido los poemas de un modernismo más radical, mostrándose la tendencia de Machado a la sobriedad que le ha valido ser incluido en la Generación del 98.

Es el de Machado un Modernismo intimista, que hunde sus raíces en Bécquer y Rosalía de Castro. Escribe "mirando hacia dentro", tratando de apresar, en un "íntimo monólogo", "los universales del sentimiento": el tiempo, la muerte, Dios. De ahí surgen muchos motivos poemáticos: el destino (trágico) del hombre, la angustia existencial, la infancia, el amor... Todo visto desde el sueño, que abre su velo ante los ojos del autor. El poeta busca sus seguridades desde siempre. Busca un Dios que le esperance, pero sólo consigue verlo entre la niebla o en sueños.

El poema que vamos a analizar pertenece a la serie "Del camino". En ella, Machado nos ofrece una visión dinámica de su eterna búsqueda. Los caminos suponen vías para adentrarse profundamente en el alma del poeta; estas vías nos llevarán, a veces, a oscuros y angustiosos laberintos; en otras ocasiones, como la presente, la búsqueda dará sus frutos, aunque sólo sea en sueños.

El poema está formado por una serie de siete cuartetas (versos octosílabos de rima consonante según el esquema abab). La división gráfica se hace, como es habitual en la obra, por asociaciones temáticas y no estróficas. Según esto, tenemos cuatro apartados (claramente paralelísticos, pues todos se inician con las mismas palabras), que forman una cuidadosa estructura en Gradación ascendente; en cada apartado se desarrolla una idea que va configurando un estado de alegría que aumenta paulatinamente: desde una intuición inicial llegaremos a la cima de sensación en la última parte, la única formada por una sola estrofa. Pero vayamos por partes:

– vv.1-8. El poeta nos transporta a la noche anterior, a su sueño. Nos anuncia una ilusión (bendita: el adjetivo sirve para connotar positivamente una palabra ya de por sí positiva) que aún no conocemos. Quizás el poeta tampoco, porque no acaba de explicarse exactamente qué es lo que pasa: siente una fontana (la eterna fuente de la infancia, la confidente de las penas y alegrías del poeta) en su corazón. Y le pregunta al agua, personificada (convertida, pues, en símbolo) sobre su origen: no sabe por qué oculto camino ("acequia escondida") ha llegado hasta él. De ahí podemos deducir que el sentimiento que embarga al poeta es nuevo, desconocido: el agua le trae una "nueva vida". Y se nos insiste en que es algo de donde nunca bebí. Aún no sabemos más, pero ya intuimos que una serie de nuevas sensaciones invaden el sueño del poeta.

– vv. 9-16. Ahondamos un poco más: el poeta ve en su corazón una colmena. ¿Qué nos quiere decir esto? Un poco más adelante lo comprendemos: las abejas convierten las amarguras, lo negativo, en "blanca cera y dulce miel", en algo positivo, dulce. La colmena simboliza la posibilidad de transformar el pesimismo del autor en alegría, en esperanza. El sentimiento desconocido de la primera parte se va ya llenando de significado: el poeta está esperanzado, cree en la posibilidad de desterrar su pasado angustioso, intercambiando angustias por alegrías.

– vv. 17-24. No nos extraña, pues, que el siguiente elemento que el poeta sueña en su corazón sea aún más positivo: se trata del sol, de un "ardiente sol" (no un sol decayendo, no un sol de tarde -no hay que decir más para quien conoce la obra machadiana-, sino un sol cenital, pleno, radiante, que se nos explica en una estructura paralelística). La ligera alegría intuida en la primera parte y asimilada en la segunda llega a ser tan fuerte ahora que hace al poeta llorar.

– vv. 25-28. Aparece Dios. Al llegar aquí comprendemos el poema en su totalidad; las intuiciones anteriores se confirman. El poeta, eternamente pesimista, sumido en la angustia, se ve sorprendido por un sueño en el que aparece Dios, el único capaz de hacer que se despejen sus inquietudes. Ahora entendemos el porqué de la reiterada "bendita ilusión".

Pero no nos engañemos. Ante todo, Machado ha dejado claro que estamos ante un sueño, ante una ilusión, no ante una realidad palpable. La alegría del poema, pues, está matizada. Sin embargo es claro que estamos ante uno de los poemas más esperanzados de la obra porque, al menos, existe una posibilidad, una respuesta soñada, una ilusión. Y de ilusión -ya lo dice el refrán- también se vive, sobre todo cuando la triste realidad no nos puede ofrecer nada mejor. Fuente

Es una tarde cenicienta y mustia

Resumen: El poeta sufre un fuerte sentimiento de pena del que ignora su origen, aunque sabe que se remonta a un pasado lejano, y por ello se halla en un intenso estado desorientación y orfandad emocional.
Fuente

Renacimiento.

El tema de este poema es la evocación de la infancia y la madre. Machado plantea la infancia, el tiempo pasado, desde la imagen de las galerías. El título del poema, “Renacimiento”, resulta claramente significativo: volver a nacer es lo que el poeta necesita para recobrar una felicidad perdida. Otro tema, que aparece en la segunda parte del poema, es el de la búsqueda de conceptos universales de conocimiento.

En cuanto a su estructura métrica, podemos decir que el poema es una combinación de versos heptasílabos y endecasílabos con rima asonante en los pares; estamos, pues, ante una silva arromanzada. Este poema se puede dividir en dos partes. En el primer verso de la primera parte encontramos un símbolo del interior del poeta.(galerías).El poeta hace referencia a su infancia (el alma niña).Del segundo al cuarto verso encontramos símbolos positivos de la infancia (luz risueña, alegría de la vida nueva).Vida nueva porque en la infancia todo es nuevo. En el verso 5-6 aparecen sentimientos de nostalgia (retroceder: volver a nacer) A partir del verso 7 se ve claramente como el poeta se refiere a su infancia, cuando se dejaba llevar por su madre.

En la segunda parte, la evocación se hace más difusa: el poeta parece querer volver allí donde su alma tiene origen. Las galerías del alma son las fuentes del conocimiento; es allí donde el poeta va, allí donde hallará explicación a sus angustias. Esas fuentes del conocimiento, dejadas en el alma por el sabio (referencia al Creador), vienen simbolizadas por el silbido del viento o el sonido del agua, dos elementos de la Naturaleza, dos universales, dos conceptos comprensibles por el hombre cualquiera que sea su lugar de origen, su idioma o su raza. Esto es lo que Machado parece buscar: los universales que le permitan llegar a lo más hondo del conocimiento humano.

En conclusión, Machado aborda en este poema, a partir de la imagen de las galerías, el tema de los universales. El conocimiento a partir de un Renacimiento, evocando su infancia, como época en la que, al lado de su madre, fue feliz y empezó a conocer. El paralelismo parece claro: la madre es como el Dios de nuestra alma; hay que volver a ella, a los orígenes, para conocer y alcanzar la felicidad.

Al adentrarnos en la breve pero abarcadora historia que constituye el poema “Retrato”, descubrimos, en una primera lectura las descripciones que de ella nos ofrece el portador de esos acontecimientos. Nos invita a conocer su experiencia vital en las que convergen sus valoraciones acerca del comportamiento humano, sus criterios y tendencias estéticas en un esfuerzo de permanencia universal. Fuente

Coplas mundanas.

Antonio Machado escribe en "Coplas mundanas", poema XCV de Soledades, galerías y otros poemas:

Poeta ayer, hoy triste y pobre
filósofo trasnochado,
tengo en monedas de cobre
el oro de ayer cambiado.

Esta cuarteta, que abre y cierra el poema, expone un motivo mucho más que ocasional: el del tránsito desde la edad de oro —juventud, poesía— a la de cobre — madurez, filosofía—. El mito hesiódico de la edad de oro resuena aquí no como referencia a un pasado glorioso de la civilización, sino al tiempo personal de la juventud. El poema es de los añadidos en 1907 al primitivo núcleo de las Soledades de 1903: distaba mucho Machado entonces de ser aún viejo; pero su voz había ya iniciado un camino que lo conduciría lejos de los primitivos laberintos simbolistas.

Fuente (Ángel L. PRIETO DE PAULA: “Schopenhauer y la formalización de la melancolía en las letras españolas del novecientos”)