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Poemas de CC (1)

Lunes 6 de febrero de 2012

CAMPOS DE CASTILLA
(1912-1917)
Comentarios adicionales (I)

Retrato – Orillas del Duero – ¿Eres tú, Guadarrama... – Un loco – Amanecer de otoño – Campos de Soria (estrofa VII) – A un olomo seco.

Retrato

Leemos el retrato del sujeto lírico en los nueve cuartetos de versos alejandrinos y rima consonante alterna. No se usan términos genéricos, sino que se habla de alguien en particular, evidente en cada pronombre posesivo en primera persona, se trata pues, de la vida del sujeto lírico y no la de otra persona, narrada por él mismo. Los ejemplos del uso de los pronombres son abundantes, hacen la suma de 26 pronombres en total, CONMIGO, MIS, aparecen una vez cada uno, ME aparece 7 veces y MI 9, lo cual hacen un total de 18 pronombres.

Otro de los elementos que apoyan esta suerte de autobiografía es el excesivo uso de formas verbales, tanto en pretérito, lo cual coincide con la función biográfica de los acontecimientos de la infancia y de la juventud, como en presente, pues también se nos informa de sucesos actuales, como de futuros, pues existe la certeza de los hechos que le sucederán. Los verbos usados en primera persona del singular suman 22, de un total de 46 verbos usados, los restantes son 12 formas verbales en tercera persona del singular, pero es evidente que son empleadas para ratificar que se refieren al mismo sujeto lírico, pues son acompañadas por los pronombres posesivos que indican que las acciones se refieren a él mismo, tales son los casos: “Mi infancia son recuerdos...”, “...me asignó Cupido”, “hay en mis venas...”, “mi verso brota”, “soy un hombre que sabe su doctrina...”, “...va conmigo”, “mi soliloquio es ...”, “debéisme”, “me cubre”, “me alimenta”, “me encontraréis”, contra los restantes 12 empleos de formas verbales en segunda y tercera persona del singular e infinitivos, que también son empleadas en torno a las actividades del sujeto. Todas estas explicaciones son las razones que justifican que el poema constituye una breve autobiografía del poeta, o del sujeto lírico, específicamente.

He procedido a una división del poema en tres partes: la primera son las tres primeras estrofas en las que el autor nos describe los acontecimientos más importantes de su vida, los recuerdos de su niñez, que suelen ser dulces e imprecisos, como mismo resulta ubicar en un lugar determinado ese patio de Sevilla o ese jardín en que crece un limonero; el plano espacial es indiscutible, mas, no deja de ser una mera suposición localizarlo en un espacio físico concreto. Resulta innecesario explicar el tercer verso, pues más claro no ha podido escribirse, pero este cuarto verso resulta polisémico, lo mismo puede significar que el autor no quiere recordar algunos momentos de su vida porque puede que hayan sido muy tristes, y como recordar es volver a vivir, se tiene el temor de volver a sufrir algún episodio amargo, el dolor agobia un espíritu sensible, tal vez un amor perdido, o una causa noble que no pudo perseguir; o bien pueden ser sucesos de tan poca importancia que son indignos de recordarse, en cualquier caso su suspiro ya quedó en el pasado, en lo que irremediablemente ya no puede volver, ahora le ha tocado vivir otras experiencias, de las que seguramente le brindaron otros tragos amargos, pero con la certeza del hombre que aprendió a salir de lo malo y a quedarse con lo bueno.

Los siguientes cuatro versos continúan con las descripciones de su personalidad, de los hechos amorosos que le acontecieron en su devenir histórico. No ha sido nunca un Don Juan (in)sensible, no aprovechó las oportunidades que se le presentaron para burlarse sentimentalmente de las mujeres que le prefirieron, no abusó de ellas, sino que las respetó, y solamente le correspondió a la que supo despertar sus sentimientos de amor más sublime. Este sujeto se nos describe un hombre sencillo, sin presupuestos artificiales, más bien es alguien que pierde cuidado en las preocupaciones por el arte del buen vestir, las imágenes externas le colman, va más allá de lo que los ojos pueden percibir: “ya conocéis mi torpe aliño indumentario” le importa, más que todo, la necesidad de sentirse satisfecho con lo que hace, siente y realiza.

La última estrofa de esta primera parte nos describe un poeta, “...mi verso brota...”, esencialmente rebelde, “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina” en contra de los presupuestos estéticos de un movimiento, para él caducos, vanos, inútiles. No se destaca como un vate consagrado a una forma determinada, sino que trata de ser lo más natural y claro posible, dentro de los límites del buen decir, su expresión poética surge de las palpitaciones del espíritu, de lo que el alma dice, si es que dice, para comunicarse con el mundo, con todo lo que constituye su entorno mediato e inmediato, porque es “en el buen sentido de la palabra, bueno.”

La segunda parte del poema son la cuarta, quinta y sexta estrofas en las que expone su credo estético literario. Este poeta se canta a favor de la belleza, a favor de lo que puede tener de hermoso “la moderna estética”, es indudable que se está tratando acerca de los postulados del movimiento modernista, del cual casi se sentía parte, pues como dice en la cuarta estrofa, “Adoro la hermosura, y en la moderna estética/ corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;”, él no pertenece a las corrientes literarias modernas de su tiempo, admira las sensaciones que provocan los nuevos maestros de las formas, pero es muy diferente entre sus iguales, pues prefirió los caminos que conducen a las profundidades de las palabras, las que desencadenan imágenes construidas por los ojos del espíritu, y no las vacuas sensaciones que producen los elementos fónicos, hay un rechazo a la superficialidad de las formas externas, de la pura belleza de la imagen “...no amo los afeites de la actual cosmética”; a la musicalidad que reproduce solamente chirridos, que por esencia son verdaderamente desagradables, “ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.”, con lo que indudablemente hace alusión al pájaro azul de los modernistas, que querían darle alas sueltas a la imaginación, pero con una base puramente formal, a lo cual se pronuncia totalmente en desfavor el vate. De esta manera continúa en los dos primeros versos de la siguiente estrofa: “Desdeño las romanzas de los tenores huecos/ y el coro de los grillos que cantan a la luna”, no puede haber algo más desesperante, en el sentido más peyorativo de la palabra, que el sonido que produce el canto de ese insecto. Todo lo bueno que surge del modernismo es loado por el sujeto lírico, no siendo así con los elementos que le resultan cual hojarasca, admira lo perdurable y no lo perecedero. La inflación del YO en el poeta que se auto describe es evidente, lo cual nos transporta a pensar que ese sujeto presenta características del movimiento estético romántico, del cual, tal vez se sentía parte, aunque no lo sabe, como también le es imposible definir si es propiamente clásico, sobre todo si se piensa en las formas perfectas que acompañan al poema, en todo caso, él no lo sabe, así se hace cuenta de ello al inicio de la sexta estrofa, pero nosotros sí lo sabemos: él es un poeta que quiso perdurar por los sentimientos que inspiró, por sus ideas poéticas que trascendieron, por la formulación de un nuevo concepto esteticista que lo hace auténtico, concepto que no está concretamente plasmado en la historia de la literatura, porque va mas allá de los postulados clásicos, románticos o modernistas, solamente es la intensidad de su lírica la que lo hace gigante y universal, quiere dejar su verso “como deja el capitán su espada:/ famosa por la mano viril que la blandiera, no por el docto oficio del forjador preciada.”

La última parte del poema son las tres estrofas que restan, en las que se plasman determinados aspectos del comportamiento humano, y sobre todo, descubrimos en estos versos la intimidad del sujeto lírico, nos adentramos ahora en su vida individual. Su soliloquio traduce su soledad, su andar por el mundo con su otro yo, pero, además, ese hablar consigo mismo es como un entrenamiento para la futura conversación que tendrá con el Supremo, a quien llama de amigo, a quien le debe el haber aprendido a amar a los que le rodean. En la penúltima estrofa hay todo un rosario de valores tradicionales. En vida ha hecho cuanto ha podido por el prójimo, le ha dado lo mejor que tiene, que es su prosa, su poesía. En vida ha trabajado para lograr cuanto tiene, no aspiró nunca al enriquecimiento fatuo y jactancioso, solamente le satisfacen las necesidades primarias como el vestir adecuadamente, el alimento, el hogar, y todos los momentos en que el espíritu se siente libre de los avatares del día y se presta a descansar. Todas estas razones son suficientes para que al final de sus días se sienta agradecido por lo que vivió, y que todos vean esa plenitud de sencillez, sin que se sienta por eso un tanto melancólico, o frustrado, o, en fin, desilusionado.

Es el retrato que siempre le acompaña, es lo que él sabe de sí mismo, es lo que todos los que le rodean saben de él mismo, es su historia como ser humano, sus postulados estéticos como vate, sus creencias personales como ser social. [...]

Todas las estrofas son cuartetos con rima consonante y alterna. El verso alejandrino es el elegante por excelencia, los treinta y seis versos de “Retrato” son de catorce sílabas excepto el 21 y el 27, lo cual representa una ínfima cantidad y por lo tanto sin alarmante relevancia. Este empeño por mantener invariable la estructura del poema establece un paralelismo con las ideas del sujeto-autor y la elegancia que de por sí representan. No cabe dudas de que el poeta tuvo una vida relevante en cuanto a sobriedad se refiere, tuvo, además, opiniones concretizadas en el poema que se oponían a los artificios superficiales del modernismo, de ahí que su métrica sea perfecta; los modernistas querían modificar e innovar tanto la métrica, que la musicalidad que emanaba de ella no era para nada gustosa, este tipo de verso apoyan también los valores humanos que caracterizaban al sujeto lírico, hay cierta admiración por lo sobrio, pero también por lo elegante, lo sencillo, pero también por lo sublime. La reiterada presencia de los cuartetos en versos alejandrinos, y el poema solamente con rima consonante y alterna, nos da una idea de la perdurabilidad y la firmeza de las ideas del sujeto lírico.
 
La división en tres partes del poema está apoyada por las construcciones sintácticas. En la primera parte hay una unidad ratificada por una rima asonante en la que coinciden los sonidos i-a, e-o. Esta es la misma en la primera y tercera estrofa, lo cual construye, algo así como un círculo que abre la primera estrofa y cierra, pasando por la segunda, la tercera estrofa. En la segunda parte también hay una marcada unidad, vista a través de la enumeración de los elementos que describen la estética literaria con la que se siente identificado el sujeto lírico. En la tercera parte la unidad se da por el encabalgamiento de una estrofa a otra mediante el empleo de la conjunción copulativa y, sin abandonar, por su puesto, el peso del contenido semántico de estas tres estrofas. 

El caso del empleo de los hipérbaton en las oraciones: “Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido”, “...más que un hombre al uso que sabe su doctrina”, “A distinguir me paro las voces de los ecos”, o en las perífrasis verbales: “recordar no quiero”, “dejar quisiera” apoyan el deseo de búsqueda de un estilo personal, de apartarse de las corrientes estéticas preciosistas, de buscar la galanura interna más que la belleza externa. Algo curioso sucede en el hipérbaton de la estrofa final, en la que hay tres oraciones subordinadas a la principal que es la última que cierra todo el conjunto del retrato, como dando el punto culminante, acaso una autodefensa para redimir su vida eternamente, término que se hace mucho más expresivo y fuerte con la última sílaba aguda: “mar”.

Es llamativo también el uso de elisiones de verbos en la primera estrofa: “Mi infancia son recuerdos...”, “mi juventud, veinte años...”, “mi historia, algunos casos...” que explican el salto amplio y largo que da el sujeto lírico desde que recuerda su niñez, sus mocedades y algunos sucesos de su vida sin entrar en detalles ni especificidades, no nos explica el por qué de sus recuerdos, por qué esos y no otros. Esta elisión del verbo también se da en la octava estrofa, con lo cual nos explica de manera general las actividades que desarrolló y que todavía realiza durante el transcurso de su vida.

Las metáforas cumplen la función de magnificar, no sólo su don de poeta, sino también los acontecimientos que experimentó el sujeto lírico: “...recibí la flecha que me asignó Cupido”, “hay en mis venas gotas de sangre jacobina”, “mi verso brota de manantial sereno”; su poética esteticista: “...en la moderna estética/ corté las rosas del huerto de Ronsard”, desdeña “el coro de los grillos que cantan a la luna”; la forma en que vivió sin quejas ni lamentos, sino más bien con pleno orgullo, podrá morir en paz cuando la muerte lo sorprenda: “cuando llegue el día del último viaje”, “esté al partir la nave que nunca ha de tornar”
Fuente adaptada

Orillas del Duero

COMENTARIO 1.-
El poema se divide en dos partes temáticas bien definidas; la primera parte (versos 1-25) se caracteriza por la ausencia de verbos predicativos, se trata entonces de un grupo de versos de verbo nominativo y que se caracterizan por ser puramente descriptivos, en este caso la esencia de Castilla; en la segunda parte (versos 26-52) tenemos ya verbos predicativos y entonces la descripción pura del paisaje pasa a la narrativa, interpelando incluso a los elementos del paisaje (versos 31-32).

Las descripciones paisajísticas comienzan de lo general a lo particular, con la Primavera soriana del párrafo primero; continuamos con ¡Campillo amarillento… Pradera … del párrafo segundo; … de tierra dura y fría/donde apuntan centenos y trigales…); (y otra vez roca y roca). Y continuamos con dos interpelaciones a Castilla que acentúan el clímax descriptivo final de la primera parte.

En la segunda parte, caracterizada por el elemento narrativo, comenzamos de nuevo con una descripción que comienza por lo general para finalizar con lo particular: verso 26, Era una tarde, cuando el campo huía/ del sol…; del cielo el porta pasa a describir los cerros verso 35 Entre cerros de plomo y de ceniza…; de ahí al puente versos 38-39 iba a embestir los ocho tajamares / del puente el padre río; y de ahí a los ríos que surcan la tierra de Castilla verso 40 que surca de Castilla el yermo frío.

En el verso 41 encontramos una interpelación al elemento protagonista del poema, el río Duero que corre libre por la tierra de Castilla hacia el mar, y ya, en los últimos versos del poema, se pregunta si Castilla, convertida ya en el mismo Duero, correrá también hacia el mar.

El lenguaje empleado por el poeta es también significativo. Además del empleo de formas verbales nominales y predicativas para dividir el poema en dos partes, descriptiva y predicativa, la adjetivación matiza y amplía la descripción del paisaje: primavera humilde…/ pobre caminante…/ páramo infinito…

El primer párrafo del poema descubre ya la ideología del poeta, matizando con exclamaciones la rudeza del hombre castellano: iCastilla varonil, adusta tierra, / Castilla del desdén contra la suerte, / Castilla del dolor y de la guerra, / tierra inmortal, Castilla de la muerte! En los versos 30-34 aparece el poeta como un elemento más del poema, al caer la noche sobre el campo castellano:

En el cárdeno cielo violeta / alguna clara estrella fulguraba. / El aire ensombrecido / creaba mis sienes, y acercaba / el murmullo del agua hasta mi oído.

Surge el reflejo de su personalidad, serio, sincero y austero, el paisaje se presenta así como espejo del alma del poema, triste y pesimista. Al caer la noche sobre el río Duero aparece la idea del fluir del tiempo y de la melancolía, temas recurrentes en la obra de Machado. Fuente

COMENTARIO 2.-
Orillas del Duero es un poema de 52 versos distribuidos en 11 estrofas predominando las de cuatro versos. Métricamente lo integran endecasílabos mezclados a veces con heptasílabos. La rima es consonante con predominio ABAB.

La primera mitad exhibe un estilo nominalista, con media de un verbo por estrofa; las hay que carecen de él, como ésta:

Y otra vez roca y roca, pedregales / desnudos y pelados serrijones, / la tierra de las águilas caudales, / malezas y jarales, / hierbas monteses, zarzas y cambrones.

La nómina completa del lugar. En la segunda mitad, ya hay acción. El argumento se desliza desde una primavera soriana personalizada por el poeta (a través de una comparación)

Primavera ... humilde como el sueño de un bendito

hacia a un cenit muy del 98 en la mitad del poema:

¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

Siempre se ha dicho que A. Machado fue el poeta representativo de la Generación del 98, pero la verdad es que, aunque cronológicamente podría haberlo sido ’ab initio’, no lo fue hasta que llegó a Soria. El último verso citado no es otra cosa que la bandera alzada por los noventayochocentistas: el dolor y el amor por España. Es el oxímoron que aventó José Antonio Primo de Rivera al proclamar aquello de "Amamos a España porque no nos gusta".

Lo asombroso es el poco tiempo que necesitó A. Machado para sentir a Soria como tierra suya; y cómo perduró en él ese sentimiento ya para siempre. Tal vez el secreto esté en lo que él mismo nos dice en el poema IX de Campos de Soria:

Me habéis llegado al alma, / ¿o acaso estabais en el fondo de ella?

El propio AM había dicho de sí mismo alguna vez: "Soy hombre extraordinariamente sensible al lugar en que vivo. La geografía, las tradiciones, las costumbres de las poblaciones por donde paso, me impresionan profundamente y dejan huella en mi espíritu." Para él, "Soria es, acaso, lo más espiritual de esa espiritual Castilla, espíritu a su vez de España entera. Nada hay en ella que asombre, o que brille o truene; todo es allí sencillo, modesto, llano ... Soria es una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad."

Siguiendo con el poema “Orillas del Duero”, vemos que presenta una trayectoria sutil desde Soria, luego Castilla, invocada tres veces seguidas en el centro del poema, para terminar con el Duero como compendio de lo castellano que se vierte hacia lo universal, la mar. Así termina:

¿Acaso como tú y por siempre, Duero, / irá corriendo hacia la mar Castilla?

Fuente adapatada

¿Eres tú, Guadarrama...

COMENTARIO 1.-
Acerca del tratamiento lírico del paisaje en este poema. «Hay dos modos de presentar poéticamante el paisaje: traducirlo tal cual es en sí, sin interferir en él nuestro sentimiento, y evocarlo en función del estado anímico, de su recuerdo y nostalgia. De los dos hay abundantes ejemplos en la obra de Machado, pero el predominio del segundo sobre el primero, especialmente a partir de su estancia en Baeza, cuando evoca a su amada enterrada en El Espino, revela la necesidad de descubrir en la naturaleza la verdad oculta de nuestro ser. Sentida así, con la nostalgia del tiempo roto, la sierra madrileña pervive en la memoria como realidad vivida poéticamente. Todo el poema está articulado sobre el juego entre la naturaleza y la intimidad del poeta, de manera que el lenguaje evocativo, obtenido mediante los pronombres personales, el tiempo lento de las formas verbales en imperfecto (“veía”) y gerundio (“cabalgando”) y la serie de adjetivos caracterizadores (“viejo amigo”, “la sierra gris y blanca”, “Por tus barrancos hondos / y por tus cumbres agrias”), tiende a objetivar la experiencia, dotándola de universalidad (“mil Guadarramas y mil soles vienen”). En realidad, lo que el poema pretende es espiritualizar el paisaje, darle un sentido trascendente, de ahí que, en su evocación, retenga “el azul”, color que ya desde Novalis se había convertido en símbolo de lo absoluto. Machado se siente a sí mismo en el paisaje y lo convierte en medio lírico por excelencia.» (Fragmento de “Antonio Machado y la búsqueda del otro”, por Armando López Castro, Universidad de León.)

COMENTARIO 2.-
Este sencillo poema de AM evoca una comunión con el paisaje, o sea, con el Guadarrama y la sierra madrileña. Solo son dos estrofas con la típica estrofa machadiana (silva). ¿Y el contenido? Está distribuido entre ambas estrofas. En la primera una interrogación retórica y una visión lejana aunque amiga y personificada de la montaña. En la segunda una respuesta exaltada, cargada de plurales, y un deambular por el interior de paisaje.

Un loco

El poema comienza con la descripción de una tarde mustia en la que se destaca una atmósfera de esterilidad y decadencia. Ésta es la árida llanura "sin frutos" de un paraíso perdido, donde el "centauro", símbolo de la raza de Caín, urge sus guerras sobre la tierra pobre y desolada. En este desierto de la España moderna va clamando el solitario loco quijotesco que representa al idealista frustrado por la sociedad materialista. Pero, a pesar de la miseria que lo rodea, el loco avanza por los arruinados campos con el rostro iluminado por la "calentura" de un fuego interior, siempre buscando su ideal de pureza: "un sueño de lirio en lontananza". (Fragmento de Armand F Baker: “La locura en la obra de Antonio Machado”. Actas Del VIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Madrid: Ediciones Istmo, 1986.)

Amanecer de otoño

COMENTARIO 1.-
El poema "Amanecer de Otoño," escrito por Antonio Machado, es octosilábico con dos versos de dieciseis sílablos. Tiene rima consonante, cruzada y es de arte menor. El esquema es abaB,cdcd,efeF. También, se puede ver como un soneto. Este tipo de soneto no es tradicional porque tiene dos líneas distintos que, en vez de tener su propio lugar en el poema, están juntadas a las líneas anteriores. Pero, si se ve el poema como un soneto así, no tendría rima cruzada porque la rima no es constante. Esta forma hace destacar estas dos líneas, que no sólo rompen el orden de la rima, sino que rompen la armonía de las imágenes y el contenido.

Este poema trata de la relación entre la naturaleza y el hombre. Presenta este tema de muchas formas diferentes. Por ejemplo, el poema empieza con una carretera, una construcción de la voluntad del hombre, que está situada entre "grises peñascales". Esto parece sugerir la idea de que el hombre ya se ha puesto en medio de la naturaleza para controlarla. Entonces el poema va describiendo una escena de la naturaleza pura y sencilla. Con esta esta primera escena, se muestra lo salvaje de la naturaleza, incluyendo algunos aspectos que son tradicionalmente incontrolables por el hombre, como "Zarzas, malezas, jarales." Es interesante porque ésta es la primera de las dos líneas que se destaca por ser afuera del orden del poema. Entonces el enfoque cambia el uso fuerte del color.

El uso de los colores nos da el sentimiento de otoño. Todos son colores que se puede ver en la estación del otoño. Los ejemplos incluyen: los negros toros, la alameda dorada, los mantes de violeta y grises peñascales. En particular, el uso del color gris es interesante porque es el color que está a mitad del camino entre el negro y el blanco. Así nos da la impresión que no es fácil saber donde la naturaleza termina y el hombre empieza.

Todas estas imagenes vivas de colores mudos y sutiles están contrastadas abruptamente por la llegada de un cazador. Esto sugiere otra vez la idea de cómo el hombre se interpone en medio de la naturaleza. Un cazador como símbolo puede representar dos cosas. Primero, es posible que el cazador va a destrozar la imagen de la belleza, o también muestra el hecho de que los cazadores están presentes en la naturaleza en la realidad.

El uso de varios tropos es muy evidente en el poema. Primero, el poema presenta un antítesis muy fuerte entre el hombre y la naturaleza, como ya hemos dicho. Se describe la escena en los versos l-10 y hay antítesis cuando se introduce el cazador en los versos finales. La falta de acción y de personajes hasta el final del poema enfatizan el contrasta. Hay otro antítesis entre los versos 2 y 12: los peñascales grises contrastan con los galgos grises, y la preposición "entre", que introduce las dos imágenes, enfatiza el contraste. Este antítesis puede servir para contrastar la escena de la naturaleza con la imagen nueva que crea el cazador. El asíndeton en el verso cuatro cuando se enumera "Zarzas, malezas, jarales," sirve para ayudar a las palabras a formar imágenes claves.

Hay personificación en el verso tres cuando se refiere a la pradera como "humilde." El poeta invierte el orden de las palabras y se encuentra hipérbaton en los versos 5 y 12. En el verso siete cuando se describe la alameda como "dorada", sirve como un símbolo de la luz del sol. Aunque no hay acción en el poema, los versos 9 y 10 funcionan como un clímax: la imagen del albor sobre los mantes de violeta es fuerte y provee una pausa para la introducción del cazador.

Hay una relación interesante entre las primeras dos líneas y las últimas dos líneas del poema. Al principio, habla el autor de una situación de que una creación del hombre está en medio de la naturaleza, "Una larga carretera/ entre grises peñascales." Al final del poema se presenta la imagen de un cazador entre sus "galgos agudos." Esto sugiere la misma idea, la de la voluntad del hombre en la naturaleza. Pero es interesante notar que cuando se mira el poema entero, la descripción de la naturaleza aparece entre las descripciones del hombre o sus creaciones. Así las dos cosas están entrelazadas de una forma bastante compleja. Por cómo empieza y termina el poema con la influencia del hombre, sugiere el autor que esa influencia es inevitable y que no va a desaparecer. FUENTE: "El hombre entre la naturaleza y la naturaleza entre el hombre. Análisis de ’Amanecer de otoño’ de Antonio Machado (de Campos de Castilla, 1907-1917".

COMENTARIO 2.-
El [poema] CIX [de Campos de Castilla], «Amanecer de otoño», es poema «objetivo», descriptivo […]. Tres cuartetas, con la peculiaridad de que en la primera y en la última el cuarto verso tiene no ocho sílabas, sino dieciséis: dos octosílabos hilvanados.

Nada dice Machado de sí. Es un paisaje que él describe pictóricamente. Por algo el poema está dedicado a un pintor, aunque extrañamente éste sea Julio Romero de Torres (el relamido retratista sombrío de torneadas cordobesas, muy de calendario, que debía de ser más bien amigo de Manuel Machado, el de las botas toreriles).

El paisaje ése soriano de Machado es en todo caso algo que él vio, y que vio sin duda con emoción, aunque explícitamente expresada, o siquiera indicada o aludida, no haya emoción alguna en el poema. Simplemente enumera lo que observa; describe, pinta. Mas hay, creo yo, una emoción; y ésta no es puramente estética, es decir no es sólo de color y forma, sino emoción de verse él allí en aquel lugar, a esa hora del alba, cerca de ese solitario cazador. Y esa extrañeza suya no nombrada, pero que debió de estar implícita en su mirada, y que está como latente en su descripción, es la que adivina, la que siente o puede sentir el atento lector con sólo imaginar ese paisaje que aparece en el poema. (Fuente.- Antonio Sánchez Barbudo. "Los poemas de Antonio Machado. Los temas. El sentimiento y la expresión". Barcelona: Lumen, 1967, p.176-77.)

Campos de Soria (estrofa VII)

El tema central de este poema es la descripción de un paisaje castellano, en concreto de los campos de Soria. Estamos ya en la obra “Campos de Castilla” y aparece el tema del paisaje como una mirada externa al poeta. Machado parece escribir ahora del yo hacia fuera, a diferencia del ciclo de “Soledades”, en el que escribía mirando a su propio interior.

En cuanto a la métrica, podemos decir que este poema tiene una estructura de silva arromanzada, con versos heptasílabos y endecasílabos que riman en asonante en los pares. Observamos cómo los dos primeros versos y los dos últimos son iguales, lo que nos da a entender una estructura circular, cerrada.

En todo el poema apreciamos la abundancia de nombres y de adjetivos, y la ausencia casi total de verbos. De hecho, hasta el verso 8, el autor parece llamar, invocar al paisaje. La exclamación está formada por sintagmas cuya estructura es nombre + adjetivo (colinas plateadas, cárdenas roqueadas, oscuros encinares...). Sólo en el verso 9 vemos un verbo, siento, un verbo en primera persona. Machado se proyecta en el paisaje, como en “Soledades” se proyectaba en la tarde o en el camino. Seguimos viendo tristeza, como en Soledades, pero ahora la descripción paisajística concreta sustituye la ambigüedad y el simbolismo anterior. Los adjetivos coloristas, los sustantivos específicos o las metáforas (como su curva de ballesta) no hacen más que dibujar la “tarde” (verso 8, tardes de Soria). El sentimiento, sin embargo, es el mismo.

En conclusión, este poema de “Campos de Castilla” presenta diferencias formales externas respecto a “Soledades”, como las descripciones más concretas de los paisajes castellanos. Sin embargo, los temas de fondo siguen siendo semejantes. Lo que ha cambiado es que el autor proyecta su estado en el paisaje, en lugar de proyectarlo en símbolos abstractos. Fuente

A un olmo seco

El tema de este poema es destacar a partir de la comparación con un olmo viejo y seco una pequeña esperanza de vida. Se trata del último poema de la primera edición de “Campos de Castilla”. Pocos meses después de su publicación, Leonor Izquierdo, esposa de Antonio Machado, moriría, víctima de una larga enfermedad. En los últimos meses, la enfermedad de Leonor, ya irreversible, sumió al poeta en un estado de profunda depresión. Dicho estado se reflejará en este poema, en el que también podemos intuir una ligera esperanza (quizás tras alguna visita médica que le insinuara alguna posible curación de su esposa). Dicha esperanza la vemos en la comparación del olmo seco y viejo, sin esperanza de vida, al que le salen algunas hojas verdes.

El poema, compuesto en versos heptasílabos y endecasílabos, se organiza en estrofas de cuatro versos con rima alternada (A-B-A-B). Tras una primera estrofa introductoria y descriptiva, que presenta el olmo seco y el contraste con las hojas verdes que le han salido, el autor encadena 23 versos en los que detalla cuál será el final del olmo: la muerte. Los tres últimos versos son la proyección personal: Machado aparece en el poema (mi corazón espera).

En la primera estrofa, como queda dicho, aparece ya un contraste entre el olmo viejo, que aquí simboliza la muerte, y la rama verde, que simboliza la vida. De hecho, tres versos se dedican al olmo y solo uno a la rama. En la parte central del poema, el autor compara el destino del olmo con el de los álamos cantores sino que define un destino más cruel: la muerte. Inicia una sucesión de metáforas, indicando posibles destinos de la madera de ese árbol (melena de campana, lanza de carro, yunque de carreta) y una referencia al destino de la vida (el río hasta la mar te empuje) ya presente en la poesía del siglo XV, indicando el destino inexorable del hombre: la muerte. Es en los últimos versos donde Machado traslada la descripción a su existencia: espera que el milagro acaecido en el olmo ocurra en su propia vida. La referencia a Leonor y a sí mismo resulta clara.

Machado, en conclusión, escribe este poema directamente afectado por su situación personal, determinado por la enfermedad de Leonor. Sus versos indican la desesperanza y la única luz parece ofrecerla un milagro; algo, en ningún caso, al alcance de ser realizado por el propio poeta. Fuente