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Ángel González sobre "Campos de Castilla" de A. Machado

Lunes 6 de febrero de 2012

Ángel González
Ojos y corazón hacia la esencia castellana

Campos de Castilla, cuya primera edición aparece en 1912, es entre otras cosas el resultado de una deliberada y muy meditada reacción de su autor en contra de la estética de raíz simbolista modernista que había informado su obra lírica hasta poco antes de la publicación, en 1907, de Soledades, galerías y otros poemas. Su progresivo distanciamiento del simbolismo es un hecho que Antonio Machado reconoce paladinamente en un texto de 1913: «Recibí alguna influencia de los simbolistas franceses, pero ya hace tiempo que reacciono contra él».

Luego, para entender la génesis del libro, habrá que hablar de Soria, ciudad en la que Machado se instaló en 1907 para desempeñar en su instituto una cátedra de francés, y donde conocerá a la niña Leonor Izquierdo, que llegaría a ser el gran amor de su vida.

De la trascendencia que para el hombre y para el poeta tuvo su experiencia soriana dará escueta y cumplida noticia el propio Antonio Machado en un prólogo fechado en 1917: «Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada -allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano».
Soria es, pues, la realidad que el azar de un destino académico puso delante de sus ojos cuando el poeta había decidido abrirlos. La atención a esa realidad deriva en el eclipse (no total, por fortuna) del yo, que cede su viejo protagonismo a lo que lo circunda. Cierto, que el libro se abre con su famoso ’Retrato’, en el que el poeta traza su propia etopeya. Pero el poema viene a ser una declaración de principios que justifica las nuevas posiciones éticas y estéticas de Machado: su postura ante el amor, la belleza y el arte, sus «gotas» de jacobinismo, la búsqueda cordial de los otros («el secreto de la filantropía»). Cuando Machado se entremete (pocas veces) en los versos de la primera edición de Campos de Castilla, se presenta siempre entre y junto a lo otro y los otros; su papel es el del contemplador que pone énfasis no en sí mismo, sino en lo contemplado.

En Soria, el poeta realiza su viejo propósito de «soñar con los ojos abiertos». Castilla es ahora el soporte de su sueño, pero lo que ve no siempre le gusta: «un trozo de planeta/ por donde cruza errante la sombra de Caín» (XCIX). En ocasiones, su mirada reprobatoria denuncia la abyección de una sociedad rural arcaica y chata -«atónitos palurdos sin danzas ni canciones» (XCVIII)-, en la que la pobreza material se traduce en miseria moral. Pese a acusar la huella de la retórica modernista que había admirado en Rubén Darío, estos poemas críticos con trasfondo civil definen al poeta noventayochista que Machado comienza a ser tardíamente en Campos de Castilla.

Pero hay otras composiciones en las que Machado enfrenta la realidad con mirada cordial y salvadora; esa actitud amorosa será la que acabe prevaleciendo en su relación con Castilla, que no termina con su estancia soriana. Como el poeta advertiría, Soria no es sólo una orientación para sus ojos, sino también para su corazón, en el que va a interiorizar y conservar lo que percibe su mirada: «¡Oh sí, conmigo vais, Campos de Soria!... ¡Conmigo vais, mi corazón os lleva!». Y allí, en su sentimiento, buscará y encontrará Machado los campos de Soria cuando, antes de lo que pensaba, los pierda de vista.

El extenso romance ’La tierra de Alvargonzález’ merece una mención especial, aunque no me parezca uno de sus mejores logros, porque revela el alcance de la evolución estética del autor de Campos de Castilla. Machado cree encontrar en el viejo romancero la fórmula que le permitiría alcanzar la máxima objetividad, a la que aspiraba ya de manera muy consciente. La misión de poeta no es cantarse a sí mismo sino, según él, «inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas». Con la intención de sacar definitivamente del poema la figura omnipresente del poeta simbolista que había sido, Machado inventa -o mejor dicho, recrea-, una vieja leyenda que cuenta la historia de un parricidio, historia también reveladora de la «mucha sangre de Caín [que] tiene la gente labriega». Tal vez convencido de que la objetividad absoluta es una meta imposible de alcanzar, Machado renunciará pronto a sus experimentos con el romancero. Pero en esa experiencia, encontró la posibilidad de integrar en su voz la voz de otros, a los que cede parte de la autoría del poema. «Mis romances», observa Machado, «no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron». Al albergar y transmitir las formas expresivas, los motivos, las creencias, las tradiciones y los mitos populares, la persona poética se ensancha, se hace múltiple. Y esto, que en principio pudo ser un hallazgo derivado de la escritura de ’La tierra de Alvargonzález’, llegará a ser un propósito deliberado que dicta muchos poemas de su siguiente libro, Nuevas canciones.

Para contemplar el rápido inventario de los hallazgos y los atisbos que se advierten en Campos de Castilla sólo falta citar el conjunto de ’Proverbios y cantares’, en los que se consolida la veta de poesía gnómica y sentenciosa que Machado seguirá cultivando en su obra futura. Pero Campos de Castilla no termina en la edición de 1912. En 1912 muere su mujer, Leonor Izquierdo. Sin ella, Machado no puede soportar la vida en Soria, y consigue el traslado al instituto de Baeza, donde se instala en el otoño de ese mismo año. Y en Baeza escribirá otra serie de poemas que duplica y enriquece con nuevos tonos y temas la primera edición de Campos de Castilla, cuya versión definitiva aparece en 1917, dentro del volumen de sus Poesías Completas.

El nuevo escenario y la nueva situación imponen importantes variantes en la escritura de Antonio Machado. Las tierras de Soria, ahora en ausencia, siguen siendo el motivo de muchos de los nuevos poemas. Machado vuelve a sumergirse en su intimidad para encontrar en su sentimiento la pervivencia de lo perdido: el recuerdo de Leonor, muy pudorosamente insinuado, se funde con las evocaciones del «alto llano numantino» (poemas CXVI a CXXVII). Como en sus libros anteriores, el poeta busca dentro de sí «lo que está lejos», pero su actitud no es la misma que lo movió a deambular por las viejas «galerías del alma». En esta etapa evoca una geografía verdadera y unas vivencias recientes, todo nítidamente recordado y sin perder nunca la conciencia de la distancia que media entre el sueño y la realidad.

Como a su llegada a Soria, Machado derrama su mirada amorosa y solidaria por los nuevos paisajes y las gentes que otra vez el azar de un destino académico puso ante sus ojos: los olivos y caseríos del paisaje de Baeza y Ubeda, los gañanes y braceros de «buenas frentes sombrías». Pero en Andalucía, igual que en Castilla, tampoco le gusta todo lo que ve; sus gotas de sangre jacobina le hierven en las venas ante el espectáculo de la miseria, mayor y más escandalosa en los «campos ubérrimos» de Jaén que en «la tierra de Soria árida y fría». El poeta civil que ya era Machado no descarta ahora las soluciones violentas, literalmente revolucionarias. El noventayochismo de Machado adquiere en Baeza matices peculiares, que lo separan de o lo enfrentan a sus compañeros de generación. Más que «dolor de España», lo que Machado siente es indignación ante un país cuyos males no deben atribuirse a su decadencia espiritual, sino a una situación socioeconómica radicalmente injusta, intolerable, responsable, asimismo, del empobrecimiento de su espíritu.

Machado desarrolla con mayor rigor en sus prosas estos aspectos radicales de su pensamiento, pero también se advierten sin ambigüedad en alguno de los versos que escribió durante sus años de Baeza.

Creo que lo dicho define a Campos de Castilla como un libro único en la poesía española de su tiempo. Machado, al evolucionar en contra de sí mismo, se separa también de las corrientes que, a partir del simbolismo, definieron en España y en Europa el arte de entreguerras: la poesía pura y la vanguardia. Su gran interlocutor sería Ortega y Gasset, con el que polemizó abierta o solapadamente en dos frentes: en el estético, oponiéndose a los planteamientos expuestos en La deshumanización del arte; y en el terreno de las ideas sociopolíticas, negando las tesis centrales de La rebelión de las masas. Por todo ello, el autor de Campos de Castilla fue considerado en su día como un poeta rezagado, obsoleto. Sin embargo, su obstinada fe en una lírica que no debía renunciar al sentimiento ni a las ideas convirtió a Machado en el gran adelantado de la poesía que vendría después, una vez desvanecida la ambición de pureza que motivó con muy diversos efectos la obra de sus contemporáneos.

La riqueza temática y tonal de Campos de Castilla tal vez se deba al hecho de haber sido escrito en dos tiempos y dos escenarios diferentes, a partir de estados anímicos y situaciones personales también cambiantes. Pero nada de lo que señalé tendría importancia si el libro no ofreciese algunas de las más bellas, emocionantes y perdurables muestras de la poesía lírica, narrativa y civil que España produjo en este siglo que ahora acaba, pródigo en grandes poetas.

© DIARIO: EL MUNDO CULTURA.
Lunes, 5 de julio de 1999